Kilómetro cero

1339 Words
El limpiaparabrisas iba y venía con la monotonía de un péndulo cansado, apartando las gotas gruesas que golpeaban el parabrisas. El cielo gris se deshacía en lluvia mientras Clara mantenía ambas manos firmes sobre el volante. No le gustaba manejar con lluvia, pero ese día no tenía opción. Dejar la ciudad atrás era una decisión tomada. No había espacio para titubeos. Simón, su hijo de dieciséis años, iba en el asiento del acompañante, con los auriculares puestos y la vista perdida más allá del vidrio empañado. No habían hablado en las últimas dos horas. Solo intercambiaron frases sueltas al detenerse para cargar combustible, al comprar una botella de agua, al volver al auto. Clara había aprendido a no forzar el diálogo con él. Sabía que estaba enojado. Y tenía derecho. Después de todo, se lo estaba llevando del único lugar que conocía como hogar, lo sacó de su escuela, de sus amigos, y lo arrastró a un pueblo que solo conocía por fotos viejas y anécdotas inconexas. Pero lo que Simón no sabía, lo que Clara había decidido callar con todo el peso del amor, era la verdadera razón por la que se iban. Que no tenía nada que ver con el nuevo trabajo, ni “empezar de cero”, ni por necesidad económica. Se iban porque ella ya no podía respirar con libertad dentro de su antigua casa. Porque la traición la había desbordado como un tsunami silencioso. Porque, cuando encontró los mensajes en el celular de su esposo —de su ex esposo, mejor dicho— no solo se rompió el matrimonio. Se rompió la idea misma de quién era ella. Su lugar. Su historia. La primera vez que leyó “te extraño, cielo” no quiso creerlo. Era una notificación, una burla del destino mientras buscaba una foto de Simón para el trámite de inscripción en su nueva escuela. Luego vinieron más: emojis, frases cortas, un itinerario que no coincidía con lo que él le había dicho. Clara no gritó. No armó un escándalo. Esperó. Observó. Confirmó. Y cuando tuvo todo claro, cuando ya no quedaban dudas, solo tristeza, eligió irse. —Vamos a irnos unos meses al pueblo donde nací —le dijo a Simón una semana después —Me ofrecieron un reemplazo temporal en la escuela primaria. Es una buena oportunidad. Aire nuevo. Él no le preguntó si su padre estaba de acuerdo, entendía que entre sus padres las cosas no estaban bien desde hacía tiempo. Solo asintió con el ceño fruncido y subió el volumen del televisor. Y ella supo que era mejor así. Que el dolor de los adultos no debía convertirse en equipaje de los hijos. Ya cargaría ella con eso. Clara respiró hondo y bajó la velocidad al entrar al camino de tierra que anunciaba los últimos kilómetros. La lluvia era más fina ahora, pero el barro pegajoso del suelo hacía que el auto se deslizara con cada curva. —Estamos llegando —dijo en voz baja, casi para sí misma. Simón no respondió. La casa estaba igual que la última vez que la había visto, cinco años atrás, cuando falleció su abuela. Vieja, enorme, de techos altos y ventanas que crujían incluso con poco viento. El portón oxidado se resistió antes de abrirse con un chirrido que les erizó la piel a ambos. Clara bajó primero, con la llave en mano y la garganta apretada. Simón se quedó en el auto unos segundos más, observando el frente descascarado, los árboles sin podar, la galería de mosaicos rotos. Lo odiaba todo sin necesidad de decirlo. —Está un poco descuidada, pero ya vas a ver que la vamos a dejar linda —dijo Clara mientras empujaba la puerta principal. Adentro olía a encierro, a polvo viejo y a humedad. Pero también había algo cálido en los objetos que se mantenían intactos: la mesa redonda en la cocina, el reloj de pared que aún marcaba las cinco, y la alfombra tejida a mano por su abuela cuando ella era una niña. —Tu cuarto es el del fondo. Podés elegir si querés el que da al jardín o al callejón. Simón subió la mochila sin mirar atrás. No hizo preguntas. No emitió juicio. Solo desapareció en el pasillo. Clara se quedó en el umbral de la cocina, mirando las paredes, reconociéndose. Era como ver a la niña que fue, corriendo entre esos mismos muebles, y también a la mujer que era ahora, con las manos vacías pero el corazón aferrado a la idea de reconstruirse. El timbre oxidado de la reja sonó con un chirrido metálico. Se asomó a la ventana. Una figura pequeña, envuelta en un piloto azul, agitaba la mano con entusiasmo. Clara sonrió. —¡Ay, por Dios! ¡No puedo creer que volviste! —exclamó la mujer al verla abrir la puerta —¡Estás igualita! Bueno, con un poco más de experiencia, pero preciosa igual. Mirá lo que es esta cara… —Hola, Susana —dijo Clara, conteniendo una risa. —Te juro que no me lo esperaba. Diego me dijo algo hace unos días, pero pensé que era puro chisme. ¿Te vas a quedar por mucho tiempo? —Por el momento lo que dure el año escolar. —¡Eso es fantástico! Nos tenemos que juntar para ponernos al día. —Una vez que nos acomodemos —dijo Clara con una sonrisa algo cansada. No veía la hora de meterse a la que sería su habitación y descargar todo eso que llevaba adentro y hasta ahora se había abstenido de sacar. Susana, era su vecina y amiga de toda la vida, tenía dos años más que ella, y siempre había sido alegre y vivaz. Algo que ella había perdido hacia tiempo. —Aquí todo sigue igual. Los mismos negocios, la plaza con los juegos infantiles, y la misma gente chismosa en la esquina. Pero ojo… también hay sorpresas. —¿Sí? ¿Cuáles? —Y… algunos chicos crecieron, ¡y no sabes cuanto! —Clara la miró, aunque no le asombró, su amiga era así —¿Te acordás de Mauro, no? —¡Claro! Mi compañero de banco. —Bueno, el está igual, pero el hermanito… ¿te acordás? Aquel flaquito que andaba con una bici roja. Ahora tiene veintiséis, trabaja en carpintería, y… mamita, ¡cómo creció ese chico! Hasta a mí me dan ganas de pecar, imaginate vos. Clara soltó una carcajada sincera. Hacía tiempo que no reía así. —Pará, Susana… ¡Es un nene! —Ah, no sé… yo lo vi el otro día sin remera y te juro que ni tan nene, eh. Igual, no te preocupes. Acá nadie te va a juzgar por mirar un paisaje bonito. —Yo no vine a mirar nada —dijo Clara, negando con la cabeza —Solo quiero paz. Susana la miró con ojos sabios. —A veces, la paz viene en formas que no esperamos, querida. Esa noche, después de una cena silenciosa y un té en la cocina con olor a jazmín, Clara subió a su habitación. Revisó su celular: dos mensajes del ex marido. Uno decía “¿Cómo llegó Simón?” y el otro, más frío: “Avisame si necesitás algo.” Clara apagó la pantalla sin responder. Abrió la valija y sacó su ropa, sus libros, una foto de ella y Simón en la playa, y la dejó sobre la mesita de luz. Se sentó al borde de la cama, observando las vigas del techo, las manchas de humedad que parecían mapas. No lloró. Ya no quedaban lágrimas. Solo una sensación de vacío tenso, como si estuviera a punto de algo… pero sin saber qué. Pensó en lo que había dejado atrás: una vida hecha de rutinas, una traición que le rompió la piel desde adentro, una casa que ya no sentía suya. Pensó en su hijo, en cómo lo miraría algún día cuando entendiera toda la verdad. Se acostó sin cambiarse. La lluvia seguía cayendo suave sobre el techo. El pueblo dormía. Clara no.
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