Las siguientes semanas se convierten en un juego de vigilancia. Siento que estoy en una partida de ajedrez donde cada movimiento debe ser calculado, cada paso medido. Carolina, y ese desconocido que la ayuda, están cerca, demasiado cerca de nosotros. Pero no le digo nada a Sheyla. Ella ha empezado a sospechar que hay algo más, claro, pero prefiero mantenerla a salvo de todo este caos, al menos hasta que sepa exactamente qué está ocurriendo.
Esta noche, sin embargo, siento que algo ha cambiado. Mientras Sheyla y yo nos sentamos a cenar, la noto tensa, casi distante. Sus ojos escanean el ambiente como si percibieran una amenaza invisible, algo que solo ella puede ver.
—Pablo —comienza, con un tono que me pone en alerta inmediatamente—. Hoy pasó algo… algo extraño.
Suelto el tenedor y me inclino hacia ella, tratando de mantener la calma.
—¿Qué sucedió, amor? —le pregunto, intentando ocultar la preocupación en mi voz.
Ella toma un respiro profundo, sus ojos me miran con seriedad, y siento que mi corazón late más rápido.
—Recibí una carta anónima. Estaba en la entrada cuando llegué. —Busca en su bolso y saca un sobre arrugado, entregándomelo con mano temblorosa.
La tomo y, al abrirla, mis ojos se encuentran con una nota escrita a mano, con una caligrafía cuidadosa. Solo dice: “Pablo no es quien crees que es. Tarde o temprano, te lo demostrará”.
Mi mandíbula se tensa. Alguien está jugando con nosotros, sembrando dudas, tratando de manipular a Sheyla. Mis pensamientos van hacia Carolina y ese misterioso cómplice que tiene, pero la frustración de no saber qué planean exactamente me carcome.
—Sheyla, esto no es más que una mentira para separarnos —digo mirando sus ojos con seguridad—. Alguien está intentando hacernos dudar, pero no podemos caer en sus juegos.
Ella asiente lentamente, aunque sé que no es suficiente para disipar el temor que la carta ha sembrado. Y, por un instante, veo en sus ojos la misma desconfianza que vi cuando nos conocimos, cuando aún no confiaba en mí ni en mis intenciones. Ese pensamiento me duele más de lo que puedo expresar.
Esa noche, después de que Sheyla se duerme, decido hacer algo que nunca había considerado. Llamo a un investigador privado. Si Carolina y su cómplice están detrás de esto, necesito pruebas sólidas, algo que pueda mostrarle a Sheyla y que la tranquilice de una vez por todas. No voy a permitir que sigan entrometiéndose en nuestra vida, que sigan manipulándola y llenándola de dudas.
Al día siguiente, el investigador acepta tomar el caso. Me dice que empezará revisando cualquier vínculo entre Carolina y ese mensaje anónimo. Yo solo espero que sea suficiente para mantener nuestra relación intacta.
Pasados unos días, el investigador me llama con noticias.
—Pablo, hemos encontrado algo. Carolina ha estado en contacto con una persona que parece tener acceso a tu entorno. Todo indica que esta persona trabaja en un lugar al que tú sueles ir con frecuencia. Quizás un restaurante, una tienda… ¿Se te ocurre alguien que pueda estar vigilándote tan de cerca?
Mis pensamientos se disparan mientras hago un esfuerzo por recordar. De repente, pienso en el bar donde suelo ir con Sheyla y mis amigos, un lugar donde Carolina solía frecuentar antes de que nuestra relación terminara. Allí siempre veo a un camarero que parece observarme con demasiada intensidad, como si no pudiera apartar los ojos de nosotros cada vez que entramos. No le había prestado mucha atención, pero ahora la conexión parece demasiado obvia para ignorarla.
—Voy a investigar ese lugar en particular —le digo al investigador—. Quizás logremos alguna pista más sólida.
Esa misma noche, convenzo a Sheyla de que salgamos a cenar. Ella aún está un poco distante, pero acepta, y al entrar al bar, escaneo el lugar hasta que mis ojos se detienen en ese camarero, el mismo que siempre parece rondarnos con una sonrisa extraña en el rostro. Esta vez, noto algo distinto en su actitud, una especie de complicidad en su mirada cuando nos ve.
Mientras Sheyla va al baño, aprovecho la oportunidad y me acerco al camarero, disimulando lo mejor que puedo.
—Necesito hablar contigo. En privado —le digo, mirándolo fijamente.
El hombre sonríe, pero no es una sonrisa amigable. Es una de esas sonrisas que esconden secretos. Sin embargo, acepta hablar conmigo fuera del bar en un callejón detrás del lugar.
—Así que, ¿te diste cuenta? —dice, encendiendo un cigarrillo y exhalando el humo con aire de burla—. Pensé que te tomaría más tiempo.
—¿Qué quieres? —le pregunto, tratando de mantener la calma, aunque mi voz sale más agresiva de lo que planeaba.
Él sonríe nuevamente, como si disfrutara de mi incomodidad.
—Yo solo hago lo que me pagan para hacer. Pero te diré algo, Pablo: algunas personas no te quieren feliz, y yo solo soy el mensajero.
La ira me recorre, pero intento controlarme. Atacarlo no resolvería nada, y solo lograría empeorar las cosas.
—Dile a Carolina que no funcionará. No va a destruirnos —le digo, acercándome para que entienda que no pienso retroceder.
Él suelta una carcajada sarcástica, como si la idea de enfrentarme a Carolina le resultara ridícula.
—¿De verdad crees que es solo Carolina? Hay alguien más, alguien que conoce muy bien tu vida y que no piensa detenerse hasta verte en el suelo.
La revelación me golpea. No solo es Carolina. Alguien más está detrás, alguien que, hasta ahora, se ha mantenido en las sombras, manipulado los hilos sin que yo siquiera lo sospechara. La pregunta de quién podría ser esa persona me atormenta mientras regreso con Sheyla al interior del bar, intentando actuar como si todo estuviera bien.
Al volver a casa, siento que el peso de la situación me abruma. Sheyla me observa, percibiendo la tensión en mis gestos.
—¿Pablo, pasó algo? —me pregunta, con preocupación en la mirada.
No sé qué decirle. La quiero demasiado como para exponerla a todo esto, pero también sé que mantenerla en la oscuridad solo está logrando que desconfíe más.
Me acerco a ella y tomo sus manos.
—Sheyla, hay cosas que están pasando, personas que quieren separarnos. No sé quiénes son exactamente, pero te prometo que voy a descubrirlo. No voy a dejar que nos arruinen.
Ella me mira en silencio, y por un momento temo que no me crea, que dude de mí una vez más. Pero, para mi sorpresa, asiente y se acerca a mí, rodeándome con sus brazos.
—Lo sé, Pablo. Sé que esto no es culpa tuya —susurra contra mi pecho—. Solo tengo miedo de lo que puedan hacer, de que, por intentar protegerme, termines enfrentándote a algo que no puedas controlar.
La estrecho entre mis brazos, sintiendo que, por primera vez en días, la distancia entre nosotros se desvanece. Sus labios buscan los míos, y nos perdemos en un beso que es tanto una promesa como una necesidad urgente de aferrarnos a lo único real en medio de todo el caos: nuestro amor.
Esa noche, en medio de la pasión que compartimos, me doy cuenta de que, sin importar lo que venga, lucharé con todo por proteger a Sheyla y el futuro que estamos construyendo juntos.
Alguien en las sombras puede estar conspirando contra nosotros, pero ahora sé que juntos somos más fuertes que cualquier enemigo oculto.