Los días siguientes a la noche de la gala pasan en una especie de neblina. Sheyla y yo seguimos encontrándonos, cada vez con más frecuencia, y aunque ninguno lo dice, sé que ambos sentimos cómo la conexión entre nosotros crece. Cada conversación, cada mirada, parece acercarnos un poco más a algo que ninguno de los dos planeó pero que, ahora, se siente inevitable.
Hoy decido invitarla a mi refugio. Es una pequeña casa junto al lago, alejada de la ciudad, un lugar donde suelo escapar cuando la vida en sociedad se vuelve asfixiante. Nunca he traído a nadie aquí, y ese pensamiento me hace sentir un leve nerviosismo que intento disimular. Quiero mostrarle a Sheyla una parte de mi vida que pocos conocen, un lugar donde puedo ser completamente yo.
Ella acepta sin dudar, y a medida que conducimos hacia el lago, noto que parece más tranquila de lo habitual, como si también estuviera disfrutando del simple hecho de escapar. En algún momento de la carretera, bromea sobre mi habilidad para el manejo —o la falta de ella— y me cuenta una historia ridícula sobre un exnovio que terminó chocando en una salida al campo. Me río, fascinado por el brillo en sus ojos mientras lo relata.
—No te preocupes —le digo, intentando sonar serio—. No pienso dejarte caer en un lago por un mal giro de volante. Si eso sucede, prometo rescatarte yo mismo.
—¿Seguro? —me responde, entre risas—. Porque, siendo sincera, no confío mucho en tu habilidad de nadador tampoco.
Me río, y cuando llegamos, me invade una sensación de paz. Este lugar, tan sereno, contrasta con todo lo que hemos vivido hasta ahora, y espero que para Sheyla sea igual de especial. La llevo por la casa, mostrando cada rincón, y aunque ella me sigue con interés, noto que parece más cautivada por el lago en sí, por el reflejo del sol en el agua.
—Es hermoso —dice, mirando hacia el horizonte.
—Lo sé. Es uno de mis lugares favoritos. —Hago una pausa, queriendo expresar algo que no sé bien cómo decir—. Vine aquí muchas veces buscando una forma de escapar. De todo.
Ella me mira y asiente, como si comprendiera, sin necesidad de palabras.
—A veces, uno necesita estos espacios —responde suavemente—. Un lugar donde puedas desconectar, donde el ruido no llegue.
Nos sentamos en la terraza con una copa de vino, y durante unos minutos disfrutamos del silencio. Ella se relaja, apoyando su cabeza en mi hombro, y me doy cuenta de que estos momentos, aunque simples, son los que más disfruto con ella. Pero entonces, el silencio se rompe, y siento que es el momento de preguntarle algo que me ha estado rondando la mente desde la noche de la gala.
—Sheyla, ¿te gustaría contarme un poco más sobre tu pasado?
Ella se tensa ligeramente, y por un momento pienso que he cometido un error. Pero entonces, ella suspira y se aparta un poco, mirándome con una expresión seria.
—Mi pasado no es exactamente el tema más fácil para mí —empieza, con un tono que suena más vulnerable de lo que nunca la he oído—. Crecí en un hogar complicado. Mi padre era… bueno, digamos que no era el mejor ejemplo de lo que es el amor. Y creo que eso moldeó la forma en que veo las relaciones. Aprendí a no depender de nadie, a cuidar de mí misma.
Su mirada se vuelve distante, y sé que está recordando algo que le duele. Siento el impulso de abrazarla, de asegurarle que no tiene que cargar con todo eso sola, pero me contengo. Necesito que sea ella quien decida hasta dónde quiere compartir.
—¿Por eso te cuesta confiar en los hombres? —pregunto con suavidad.
Ella asiente, y aunque su respuesta es silenciosa, siento que me está abriendo una parte de sí que ha mantenido oculta.
—Sí. Supongo que siempre tengo miedo de que, en algún momento, alguien me falle. Que al final, todos los que dicen que estarán ahí terminen alejándose cuando más los necesito.
Sus palabras me golpean. Entiendo que detrás de su desconfianza hay un miedo profundo, una herida que no ha sanado del todo. Me doy cuenta de que esta es la razón por la que siempre ha mantenido distancia, por la que no ha querido entregarse por completo. Y, sin embargo, me siento decidido a demostrarle que conmigo es diferente.
—Sheyla —le digo, mirándola a los ojos—, no voy a prometerte que nunca cometeré errores. Soy humano, y los errores vienen con el paquete. Pero quiero que sepas que, cuando te digo que quiero estar contigo, lo digo en serio. No soy alguien que tome esto a la ligera.
Ella me mira con una mezcla de sorpresa y emoción, y, por primera vez, veo en sus ojos un atisbo de esperanza.
—Gracias, Pablo —susurra—. En verdad, gracias por querer entenderme.
Se acerca y me abraza, y en ese instante, siento que todas las barreras que nos han separado se desvanecen. En este lugar, lejos de todo, no hay pretensiones ni expectativas. Solo estamos ella y yo, compartiendo nuestras cicatrices, nuestras historias.
La tarde se convierte en noche, y seguimos hablando, compartiendo recuerdos y sueños. Hay algo liberador en poder hablar con ella de todo sin reservas. Y entonces, en un momento de valentía, ella decide contarme una historia más.
—Hubo una época en la que pensé que había encontrado a alguien en quien podía confiar. —Su voz se vuelve más suave, y noto una nota de dolor en sus palabras—. Pero me equivoqué. Y cuando me di cuenta de eso, ya era demasiado tarde. Fue entonces cuando juré que nunca volvería a depender de nadie.
Cada palabra de Sheyla me hace admirarla más. Ha pasado por tanto y, aun así, ha salido adelante. Y en ese momento, siento una necesidad casi desesperada de hacerle ver que conmigo puede estar segura, que nunca haría nada que la lastime.
Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos, y siento que la distancia entre nosotros se desvanece por completo. Entonces, sin pensar demasiado, acerco mi rostro al suyo y la beso. Es un beso diferente a los anteriores, lleno de intensidad y promesas silenciosas. Ella responde con la misma pasión, y siento que todo lo que hemos construido hasta ahora cobra sentido en ese instante.
Cuando nos separamos, ambos estamos sin aliento. Ella me mira, y en sus ojos veo una mezcla de emociones que me hace sentir más vivo que nunca.
—Pablo… —murmura, como si no supiera qué decir.
—No tienes que decir nada, Sheyla. Solo quiero que sepas que estoy aquí. No voy a ir a ninguna parte.
Ella sonríe y apoya su cabeza en mi hombro, y durante unos minutos nos quedamos en silencio, disfrutando de la paz de nuestro refugio. El lago refleja las estrellas, y siento que, por primera vez, estamos en el lugar correcto, en el momento justo.
Esto no es solo un romance pasajero. Con Sheyla, siento que he encontrado algo más, algo que no estaba buscando pero que, ahora, no puedo imaginar perder.