La mañana después del mensaje de Ernesto, me despierto con una sensación de inquietud, como si el aire estuviera cargado de una energía tensa que no logro identificar. Decido no contarle nada a Sheyla todavía; no quiero que se preocupe sin necesidad, aunque una parte de mí sabe que Ernesto no va a parar hasta arruinar lo que tenemos. Mientras preparamos el desayuno, Sheyla está animada, y verla tan despreocupada me llena de un optimismo que hace tiempo no sentía. Pero la calma no dura demasiado. Justo cuando nos sentamos a desayunar, mi celular vuelve a vibrar, y al mirar la pantalla, el nombre de Gabriel aparece. Contesto de inmediato. —Gabriel, dime que tienes buenas noticias —le digo, tratando de sonar despreocupado. —Pablo, ¿estás solo? —La voz de Gabriel suena apremiante, como si t

