A la mañana siguiente, despierto antes que Sheyla. El sol apenas asoma por el horizonte, y la cabaña está sumida en una calma casi irreal. La observo dormir a mi lado, la serenidad en su rostro me da una paz que no había sentido en mucho tiempo. Pero en el fondo, la inquietud sigue ahí, latente, como una sombra que se niega a desvanecerse. El mensaje anónimo y la mención de Laura me atormentan. Necesito respuestas, y siento que enfrentarlo es la única forma de mantener esta relación intacta. Me levanto sin hacer ruido, tomo mi celular y salgo al porche para llamar a Laura. No sé si estoy preparado para enfrentarme a ella, pero sé que no tengo otra opción. Después de unos cuantos tonos, contesta. —Vaya, Pablo… no esperaba que me llamaras tan temprano —dice con ese tono que tanto conozco,

