A la mañana siguiente, despierto antes que Sheyla. El sol apenas asoma por el horizonte, y la cabaña está sumida en una calma casi irreal. La observo dormir a mi lado, la serenidad en su rostro me da una paz que no había sentido en mucho tiempo. Pero en el fondo, la inquietud sigue ahí, latente, como una sombra que se niega a desvanecerse.
El mensaje anónimo y la mención de Laura me atormentan. Necesito respuestas, y siento que enfrentarlo es la única forma de mantener esta relación intacta.
Me levanto sin hacer ruido, tomo mi celular y salgo al porche para llamar a Laura. No sé si estoy preparado para enfrentarme a ella, pero sé que no tengo otra opción. Después de unos cuantos tonos, contesta.
—Vaya, Pablo… no esperaba que me llamaras tan temprano —dice con ese tono que tanto conozco, una mezcla de sarcasmo y coquetería.
—Laura, no estoy de humor para juegos. Necesito saber si tienes algo que ver con los mensajes y con esta... persecución que estamos viviendo Sheyla y yo.
Un silencio incómodo se instala entre nosotros. La escucho suspirar al otro lado de la línea, y ,,,,,,,,,, habla.
—¿De verdad crees que sería capaz de algo así? —su tono es de indignación fingida, pero detecto una nota de amargura—. Sé que terminamos mal, pero jamás llegaría a esos extremos, Pablo.
Sus palabras me dejan confundido. Hay algo en su voz que suena genuino, y aunque nunca fui capaz de comprender del todo sus intenciones, sé que Laura rara vez miente cuando se trata de proteger su propio orgullo.
—Si no eres tú, entonces… ¿quién está detrás de esto? —pregunto, incapaz de disimular la frustración.
—Quizás alguien que realmente quiera verte sufrir —responde, y noto una leve sonrisa en su voz—. Pero te puedo asegurar que no soy yo. Aun así, me interesa saber cómo vas a salir de esta. Así que, en cierto modo… te estaré observando.
La llamada termina, dejándome con un mal sabor de boca y una duda aún más profunda. Laura no es la responsable, pero su interés en nuestra situación me inquieta. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para complicar las cosas entre Sheyla y yo, aunque sea de forma indirecta?
Regreso a la cabaña con una mezcla de frustración y preocupación. Encuentro a Sheyla despierta, acurrucada en el sofá con una taza de café entre las manos. Me sonríe al verme entrar, pero veo un atisbo de inquietud en sus ojos.
—¿Saliste tan temprano? —pregunta, intentando sonar casual.
—Necesitaba despejarme un poco… y aclarar algunas cosas —respondo, sentándome a su lado. No quiero ocultarle nada, así que decido contarle sobre mi llamada con Laura—. La contacté para saber si tenía algo que ver con los mensajes.
Ella asiente, pero veo que hay algo que la inquieta.
—¿Y qué dijo? —pregunta, tratando de sonar indiferente.
—Que no es ella —respondo, y veo cómo su expresión cambia a una mezcla de alivio y preocupación—. Pero también me dejó claro que estará observando. Parece disfrutar de vernos en esta situación.
Sheyla baja la mirada, y noto que sus manos tiemblan ligeramente al sujetar la taza.
—¿Crees que esto terminará algún día, Pablo? —murmura, y en su voz detecto un tono de vulnerabilidad que rara vez muestra.
La rodeo con un brazo, acercándola a mí y besando su cabello.
—Terminará, te lo prometo. No sé cómo ni cuándo, pero lo haremos juntos.
Esa noche, decidimos quedarnos en la cabaña, alejados del mundo. Nos acomodamos junto a la chimenea, nuestras manos entrelazadas, y compartimos una botella de vino, intentando crear un ambiente de paz en medio de la tormenta.
Nos miramos en silencio, y de pronto, como si nuestras miradas fueran el único lenguaje necesario, siento cómo el deseo y la conexión entre nosotros vuelven a surgir, como una chispa que enciende un fuego incontrolable. Me acerco a ella y la beso, lento, profundo, dejando que cada beso sea una promesa silenciosa de amor y protección.
Mis manos recorren su cuerpo, y ella responde con la misma pasión. Nos movemos en sincronía, como si quisiéramos borrar toda la tensión que ha amenazado con separarnos. Nos entregamos el uno al otro, buscando en cada caricia y cada susurro el alivio que tanto hemos anhelado.
Después de un tiempo, nos quedamos abrazados, y mientras la noche avanza, siento que, al menos por ahora, estamos a salvo.
Pero justo antes de quedarnos dormidos, escucho el sonido de mi celular vibrando en la mesa de noche. Contengo la respiración mientras lo tomo y veo la pantalla. Es otro mensaje anónimo, pero esta vez el tono es diferente, mucho más directo y amenazante.
"Ella nunca estará a salvo contigo. No importa cuánto luches, siempre habrá algo que los separe."
Miro el mensaje, sintiendo que la furia y el miedo crecen dentro de mí. Sheyla, al notar mi expresión, toma mi mano y me mira a los ojos, con una seguridad que me da fuerzas.
—Pablo, ya no podemos seguir huyendo. Debemos enfrentar esto juntos.
Asiento, sabiendo que tiene razón. Sea quien sea el responsable, ha dejado claro que no descansará hasta vernos separados. Pero si algo tengo claro es que no pienso dejar que esta amenaza destruya lo que hemos construido.
Alguien nos está observando, alguien que conoce nuestras vidas y nuestros temores. Pero, juntos, Sheyla y yo enfrentaremos lo que sea. Porque lo que sentimos es real, y nada ni nadie nos arrebatará el amor que nos ha costado tanto encontrar.