Capítulo 2

960 Words
En la sinuosa carretera de montaña en las afueras de Donttan, ya era entrada la noche. A mitad de la cOlivia, un grupo celebraba con música y risas. Una mujer estaba sentada sobre una motocicleta roja y negra de aspecto imponente. Llevaba el cabello recogido en una cola alta que dejaba al descubierto su cuello fino. Sus labios rojos se curvaban apenas en una sonrisa. Vestía ropa negra sencilla que resaltaba su valentía sin restarle feminidad. Inclinaba la cabeza hacia atrás mientras bebía una soda. Parecía una belleza elegante bajo la luz nocturna, con sus largas pestañas proyectando sombras sobre sus mejillas. —Oye, chica. Esta es la carretera más peligrosa de Donttan. Si mueres aquí, no será mi problema. Un hombre calvo, con una cicatriz en el rostro, se acercó con una sonrisa lasciva. —Sé mi chica y serás la líder de los conductores relámpago de la ciudad. Helena lo miró con frialdad. —Vete al infierno. Arrojó la lata vacía, se colocó el casco, giró la llave y encendió el motor para probar la motocicleta. Sus movimientos eran rápidos y decididos. El hombre retrocedió, resoplando. —Es solo un millón de dólares. No tienes que… En la pista, las motocicletas ya estaban alineadas. Todos eran corredores profesionales… excepto la mujer recién llegada esa noche. En la terraza de la mansión junto a la pista… Un hombre alto estaba de pie a contraluz, con sus ojos negros fijos al frente. Su rostro impecable estaba impregnado de frialdad y un aura imponente. —Señor, es hora de volver —dijo Carl Bennett en voz baja—. Falta poco para que termine la carrera. El hombre frunció sus delgados labios y respondió con seriedad: —Espera un momento. Carl asintió y estaba a punto de retirarse cuando el hombre añadió: —Número 3. Diez millones. Carl miró hacia la pista y localizó a la número 3, la única mujer entre los competidores. Parecía tranquila, casi inexperta. Sin atreverse a cuestionar la orden, se apresuró a realizar la apuesta. Quizá por la magnitud de la suma, la mujer lo notó. Giró ligeramente la cabeza y, con el casco puesto, levantó el pulgar. Luego, con un estruendo, todas las motocicletas arrancaron al mismo tiempo. Cada una llevaba una cámara de grabación. Carl observaba la pantalla frente a él. Al principio, la número 3 quedó rezagada, lo que lo puso nervioso. Pero pronto comenzó a adelantar a los demás, tomando las curvas peligrosas con una destreza impresionante. —¡Es una locura! —exclamó Carl—. ¡Va demasiado rápido! La número 3 tomó la delantera. Carl miró al hombre a su lado, pero en su rostro no se reflejaba emoción alguna. De repente, un corredor que iba detrás la adelantó y, de forma deliberada, intentó embestirla. En una situación tan crítica, la número 3 esquivó el golpe con una maniobra rápida y precisa. No solo evitó el impacto, sino que lanzó una patada que desestabilizó al agresor. El conductor perdió el control y estuvo a punto de salirse de la pista. La número 3 continuó su descenso por la montaña. Su rostro permanecía oculto tras el casco, pero el gran “3” en su espalda destacaba como una bandera de guerra. Montaba la motocicleta como una general en el campo de batalla: fría y decidida. Finalmente, entre el rugido del motor, cruzó la meta y se detuvo. Se quitó el casco y sonrió. Su rostro era deslumbrante. Irresistiblemente hermoso. El hombre calvo alzó la mano. —¡Ganó el número tres! La multitud estalló en vítores y descorchó champán para celebrarlo. Cuando Helena estaba a punto de marcharse con el dinero del premio, el hombre calvo le ofreció una copa. —Preciosa, bébela. No me hagas quedar mal, ¿sí? Ella lo miró fijamente, tomó la copa y la bebió de un solo trago. No tenía hogar esa noche; pensaba hospedarse en un hotel. Pero de pronto comenzó a sentirse mareada. El hombre calvo sonrió con malicia y se acercó. —Ese dinero no te hará feliz… Vamos, yo puedo hacerlo. Pasemos la noche juntos. Helena entrecerró los ojos. —¿Me drogaste? Antes de que él pudiera reaccionar, le propinó una fuerte patada en la entrepierna. El hombre gritó de dolor. Algunos escucharon el alboroto y comenzaron a golpear la puerta. Helena rompió un jarrón y, con uno de los fragmentos, se cortó la muñeca superficialmente para mantenerse consciente. El hombre intentó atraparla, pero ella corrió hacia la ventana. —¡Adelante! —se burló él—. ¡Es el tercer piso! Sin dudarlo, Helena saltó. El hombre corrió a la ventana y miró hacia abajo. La vio colgada del balcón del segundo piso con una sola mano. —¡Atrápenla! —gritó—. ¡No la dejen escapar! Abajo la esperaban sus cómplices. Al ver que un automóvil se aproximaba, Helena reunió el valor y se dejó caer. Inesperadamente, aterrizó sobre el techo del vehículo. Carl, que conducía, se quedó sin palabras. Miró por el espejo retrovisor. —Jefe… parece que algo cayó sobre el coche. —Ajá —respondió William Kidman, entrecerrando los ojos—. Sigue conduciendo. El auto continuó hasta detenerse al pie de la montaña. Helena había perdido el conocimiento. Carl la ayudó a entrar en el vehículo. De repente, ella se aferró al cuello de William y murmuró con voz débil: —Tengo tanto calor… William volvió el rostro hacia ella. Sus ojos se abrieron apenas. —Te quiero… —Señor… —Carl dudó, incómodo. William alzó una ceja, con expresión severa. —¿Estás segura? Pero no terminó la frase. Helena lo besó. Carl comprendió lo que seguiría, cerró la puerta y se alejó discretamente. La noche fue larga.
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