Adrián No creo haber visto jamás a una mujer tan pequeña y de aspecto tan dulce cargada de tanta furia. Era peligrosamente atractivo. —¿Qué demonios te pasa? —gruñó la joven, Carina, al imbécil de las gafas aviador—. ¡Pudiste haberme matado! ¡O a algún niño inocente! ¿Quién te crees que eres, conduciendo a saber a qué velocidad en una calle residencial? El hombre que supuse era el agente inmobiliario que nos mostraría el lugar, el señor Morden, rió con incomodidad. —Lo siento, Carina. Quizá deberías aprender a no quedarte en medio de la calle. Los ojos castaños de Carina se encendieron con fuego. Me dejó hipnotizado. El señor Morden, en cambio, acababa de hundirse más aún. —No me vas a culpar a mí por ser la víctima después de casi atropellarme con tu auto. El señor Morden me miró c

