Javier En lugar de ocuparme solo de mí, me encontraba con dos personas más que atender. Esa fue la idea poco caritativa que cruzó por mi mente al pasar junto a la rubia dormida, la misma que se había desplomado en mis brazos hacía tres días. Sí, tres días. Para ser justos, había dormido, aunque a ratos, desde que se desmayó, así que no había mucho que hacer salvo comprobar que aún respiraba y que la fiebre había bajado. No tenía ni idea de si era una viajera perdida, una vendedora o simplemente una conductora herida, pero el moretón en su frente me daba una pista de cómo había llegado a mi puerta. Era imposible no notar que era hermosa, incluso haciendo una buena imitación de rata ahogada. Su abundante cabello rubio dorado le cubría gran parte del rostro, pero había alcanzado a ver sus

