Marshall Kendall. Desnuda. Completamente, hermosa y gloriosamente desnuda. Su cuerpo era de esos que los pintores antiguos retrataban, de los que escribían canciones y por los que desataban guerras. Era la hora de reloj perfecta. La había visto en ropa de yoga, en shorts diminutos, pero Kendall sin nada era para babear y para que mi v***a diera un brinco dentro del pantalón. Tenía tetas grandes y repletas, con pezones rosa fuerte, duros y arrugaditos. La cintura angosta se abría en caderas anchas y un culo redondo, un poco tembloroso, de esos que piden nalgadas y que te mueren de ganas de agarrar. Me imaginé marcándole las nalgas pálidas con la palma de la mano, aferrándome a esas caderas mientras la embestía por detrás. Pensar en eso estaba mal, pero mi v***a estaba dura y el resto de m

