Roxana Cuando me desperté a la mañana siguiente, lo primero que noté fue el olor del tocino inundando la casa. Respiré hondo y sonreí, pero esa sonrisa se transformó lentamente en un gesto de duda. ¿Por qué la casa olía a tocino? Me incorporé de golpe, salté de la cama y me precipité a la cocina, donde encontré a Javier frente a la estufa, sin camiseta, hablando con su hija, que estaba sentada en un rinconcito de la cocina lejos del fuego, balbuceando como si mantuvieran una conversación real. —Sí, lo sé, huele a que está hecho, pero no está crujiente, así que no está listo. Aprenderás —le dijo. Mis ojos se quedaron fijos en la amplia extensión dorada de su espalda, perfectamente lisa, salvo cuando sus músculos se tensaban y relajaban al voltear el tocino o remover los huevos revueltos.

