Adrián —¿Hola?— Su voz era un bálsamo reconfortante que salía por los altavoces del coche. —¿Carina? Voy de camino a casa. —¡Oh! Es un poco temprano, ¿no? Me sentí mal por hacerla quedarse tarde el día anterior. Había disfrazado mis razones con trabajo, pero la verdad era que no podía reunir el valor para ir a casa y enfrentarme a ella. Caminé de un lado a otro en mi oficina, aterrorizado por lo que podría sentir —o hacer— si estaba de nuevo en la misma habitación con ella. Luego se me hizo tarde. —Te debo lo de ayer. —Por favor, Adrián, de verdad, no es… —Sí te lo debo. Estoy pasando por el supermercado camino a casa. Prepararé la cena. No muevas un dedo. Carina dudó. —¿Estás seguro? —A menos que quisieras interrumpir la diversión que estaban teniendo ustedes dos. Carina rió.

