- Puedes ir con la manada, si quieres – le dije, pegando mi frente a la suya con los ojos cerrados a la vez que acariciaba su nuca con mis dedos.
- No quiero dejarte sola – murmuró.
- No tienes de qué preocuparte. Estaré bien, seguro que tus hermanos hacen lo que tienen que hacer.
- Por eso mismo. Confío en ellos, saben muy bien lo que hacen, así que no me necesitan para nada. Además, sólo es un vampiro, esto no es nada para nosotros.
Su nariz dejó escapar un suave, largo y casi silencioso suspiro. Abrí los ojos y me separé un poco de su rostro para vérselo mejor.
- ¿Estás bien? ¿Quieres hablar de ello? – le pregunté.
Jacob bajó la mirada y cogió una de mis manos para enredar un poco con mis dedos.
- Pensarás que es una estupidez, pero es que esos lobos son como si fueran una especie de hermanos para nosotros. Bueno, ya sé que sólo son animales, pero… - su frase se cortó cuando frunció los labios y otro largo suspiro salió por su nariz.
- Lo entiendo. Yo también estoy vinculada a ellos en cierto modo.
- No sé cómo alguien puede hacer algo así – masculló con rabia -. Me da igual que sea un animal y quien lo hizo un vampiro. Podía haberle matado primero y mutilarle después de muerto, para que ese pobre lobo no sufriera. No entiendo cómo se puede ser tan ruin y cruel.
No supe qué decirle. La horrible imagen de la cara de agonía de ese lobo se plantó en mi cerebro y me quedé sin palabras que pudieran explicar ese comportamiento tan sádico y reprobable.
- Lo siento, no sé qué decirte – confesé con un murmullo -. Ojalá pudiera decirte algo que te consolara.
Jacob alzó la vista y clavó esos preciosos y grandes ojos negros en los míos. Ya notaba cómo me hipnotizaban.
- A ti no te hace falta decir nada, sólo tu presencia ya me hace feliz – susurró, dejando mi mano para acariciarme la mejilla con el dorso de sus cálidos dedos.
Le sonreí y acerqué mi rostro para darle un beso corto y dulce. Sin embargo, cuando separé mi cara un poco, Jacob levantó sus profundos ojos y éstos volvieron a engancharme con esa mirada penetrante. Mi semblante actuó solo, movido por esa fuerza que me llevaba hacia él, y no pude evitar regresar a sus labios para darle otro beso. Y otro, y otro, y otro, y otro…
Mi cuerpo ya se estremecía solamente con notar el suave y ardiente tacto de su boca. Mis mariposas agitaban las alas sin parar, completamente hechizadas, ya no había forma de pararlas. Rozaban las paredes de mi estómago y hacían saltar a mi corazón, que ya latía a mil por hora.
Sus sabios se quedaron quietos, dejándose hacer a gusto, mientras su aliento ya acariciaba mi boca, animado. Cuando me di cuenta, mi boca se entrelazaba con la suya lentamente y mordía su labio inferior con suavidad para juguetear un poco, exhalando el aire con más que deseo, ya dejándose llevar por la energía mágica que nos rodeaba y que iba creciendo por momentos.
Llevé mi mano a su pelo y me arrimé más a él. Entonces, sus labios se cansaron de esperar y también comenzaron a jugar con los míos, moviéndolos a su antojo. Noté cómo sus palmas empujaban mi cintura y mi espalda para pegarme a su cuerpo, y la temperatura subió rápidamente.
Conseguí separar mis labios de los suyos, un poco a regañadientes, aunque sólo para tomarle de la mano, levantarme y tirar de él para que se pusiera de pie. Lo adosé a mí de nuevo y comenzamos a caminar juntos, dando tumbos, mientras seguíamos besándonos con pasión.
Entre que él me acorralaba en la pared y me bajaba los tirantes del camisón, y yo le estampaba a él después para quitarle la camiseta interior, no sé ni cómo fuimos capaces de subir las escaleras y llegar a nuestro dormitorio.
El caso es que fuimos dejando un reguero de ropa por el camino y por fin llegamos a la puerta de nuestra habitación. Jacob abrió la manilla de espaldas, sin dejar de besarme en ningún momento, y yo cerré la puerta cuando pasamos, con un talonazo.