No sonreía, ni por cortesía. Nunca aprendió a fingir. Quería largarse, salir de allí, subirse al autobús y dejar todos esos destellos y sonidos de cámaras atrás.
Poco a poco se fue alejando de toda esa gente, a la vez que algunos hombres de seguridad, designados por la FIFA, trataban de escoltarlo al exterior del lugar. Dominik contestaba con monosílabos, de manera esquiva, a todas y cada una de las preguntas que resonaban, las cuales iban desde: ¿Cómo te preparas para el juego?, hasta ¿esa chica era tu novia? Esta última pregunta lo hizo agitar la cabeza y fruncir el ceño. «La chica», pensó. Movió su cabeza a ambos lados, buscándola, pero no la encontró. Era como si se hubiese evaporado. Contestó fuerte y claro con un “no”, continuando su camino.
Escapar de los reporteros, paparazzi y fanáticos, siempre lo dejaba exhausto, pero por suerte, siempre había un grupo de guardaespaldas, guardias de seguridad o policías, dispuestos a velar por su integridad física.
Logró llegar al autobús, luego de caminar casi quince minutos, parar y esquivar preguntas odiosas de reporteros deportivos, quienes en los últimos meses habían criticado su actitud en el terreno de juego, pues Dominik se mostraba un poco rebelde a la hora de acatar las estrategias de su director técnico.
Un sujeto con el entrecejo fruncido y los brazos cruzados a nivel del pecho, lo fulminó con la mirada. Friedrich, a pesar de ser su amigo, siempre se tomaba más en serio su rol de manager y publicista.
—¡Vaya! Al fin te has dignado a unírtenos —soltó Treadaway.
—¿Por que razón no me uniría a ustedes? —Dominik se mostró un poco confundido por el comentario.
—¡Olvídalo! —masculló Friedrich.
—¡Dom! Estás de nuevo en la tele —comentó Ahren Degener, portero de la selección, con algo de sorna.
—Y en internet —agregó Theobold Bartram, el defensor central.
Dominik clavó su mirada en la pantalla de plasma de veintiún pulgadas que estaba desplegada en lo alto del pasillo del bus. La noticia que estaban comentando no tenía nada que ver con su carrera, sino con algo de lo cual no le gustaba hablar, y mucho menos le gustaba que los demás lo hicieran.
—¿Quién es la chica? ¿Eh? —Su compañero Edmund Brauer sonó un tanto burlón.
—¡Muñequita! —Fue el comentario de Héctor Rodríguez, quien sostenía un iPad entre sus manos, con su típico acento, haciendo notoria su ascendencia costarricense.
Dominik se acercó al Carrilero del equipo, le quitó el iPad y miró la pantalla del mismo.
—Te lo tenías bien guardado, Weigand —bromeó su compañero, Derek Neisser.
—Cuéntanos como le hiciste para tener una novia al otro lado del mundo y que ninguno de nosotros lo supiéramos —el chiste de Rodríguez lo hizo reír.
—¿De qué están hablando? Ni siquiera la conozco —Dominik se encogió de hombros.
—Lo sabemos, Weigand. Estamos bromeando —dijo Rodríguez al recordar que Dominik no entendía ese tipo de chistes.
Eso era lo bonito de ser un equipo, y más, ser ese equipo, pues no se limitaban a ser compañeros de trabajo, sino que eran una familia. Cada uno era un individuo distinto, pero a la vez, eran parte de un organismo que se mantenía vivo gracias a la camaradería. A pesar de que Dominik era el “consentido” de Ewald, al menos eso decían los comentaristas deportivos, ninguno de los integrantes de la selección se sentía desplazado ni mucho menos se dejaba llevar por la envidia. No. Si uno de ellos estaba mal, todos lo apoyaban, si uno de ellos era atacado, todos lo defendían, además de que Dominik era un cielo con sus amigos, en el aspecto de que siempre los ayudaba en cuanto podía. Su peculiar personalidad lo hacía especial para sus compañeros. Él era como ese hermano menor al que todos querían cuidar.
Era ilógico que vincularan a Dominik con esa mujer, pues ellos sabían a la perfección que Weigand no era de ese tipo. Es más, sabían que él tenía casi un año sin mantener una relación estable con alguien. Dom tuvo la misma novia desde que tenía 16 años de edad, sin embargo la relación terminó, cuando él decidió abocarse a su carrera. Así lograr lo que se propuso antes de cumplir los 30.
—¿Quién es ella? —Preguntó Friedrich al ver las imágenes en la pantalla, las cuales mostraban a Dominik charlando con una chica.
—No lo sé —Dom se encogió de hombros—. Una chica que se atravesó en mi camino. Literalmente.
Friedrich entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
»¡Oh por Dios! No estarás pensando que esas patrañas que dicen son verdad —Dominik se mostró indignado.
—Tal vez si te comportaras como un hombre de tu edad y no me dieras tantas dolores de cabeza, dejarían de decir tantas cosas de ti —estalló Treadaway.
Dominik se adentró en el vehículo. No tenía ánimos de discutir con su amigo. Sacó el iPod del bolsillo de su chaqueta y se sentó en el penúltimo puesto del bus. Tomó los auriculares y en cuanto iba a encender el dispositivo, notó algo extraño.
El reproductor de música que tenía en su mano era por lo menos dos versiones más antiguas que el suyo, además que tenía un sticker de una caricatura de gato y algunas piedritas de swarovski adornando una carcasa de color violeta.
—¿Pero qué coño? —Dijo entre dientes, a la vez que rebuscaba en el otro bolsillo de su chaqueta, en el cual si estaba su iPod.
Miró de nuevo la espantosa cosa con brillo y se arriesgó a encenderlo. Aunque no era amante de ese tipo de música, supo enseguida de quienes se trataban, Il Divo. En definitiva, ese no era el tipo de música que Dominik escucharía.
No pudo evitarlo, sonrió como idiota al recordar el incidente y al pensar en la sonrisa de… esa bella chica.
«¿Qué? ¿Cómo?».
Sacudió su cabeza con fuerza. Nada ni nadie podía distraerlo de su verdadero objetivo. Además, él tenía la plena convicción de que el corazón era un órgano, o en todo caso, un músculo que servía para bombear sangre, no para sentir estupideces. Él se sentía muy bien cómo estaba, sin embrollos emocionales.
Guardó el dispositivo de música ajeno y tomó el suyo. Se puso los auriculares, se recostó en la butaca y se dispuso a relajarse mientras Black Box Messiah de Diablo Swing Orchestra sonaba. Era una de las pocas bandas que toleraba de la actualidad, pues solía escuchar sólo música de los setenta, ochenta, noventa y principios del 2000, pues consideraba que la música que emergió después del 2005, era solo mierda para gente descerebrada.