Horas antes.
«Esto no está bien. Sé que no lo está». Dominik no dejaba de pensar. Se suponía que en un par de horas debía estar en el entrenamiento, pero decidió salir un momento para ir al aeropuerto. No pudo dormir bien, pensando toda la noche en esa chica. Esa sensación de necesidad no la había sentido por nadie y se obligó a reprenderse por tan tonto comportamiento. No obstante, no abandonó su intención de ir a buscarla. Tenía el presentimiento de que podría encontrarla allí. ¿Por qué? No lo sabía. Solo obedecía a sus instintos.
«Podría haber estado de paso. Como yo», se volvió a cuestionar la descabellada idea que rondaba por su cabeza. «Solo la buscaré para entregarle su iPod y nada más», pensó, como si eso le ayudara a no sentirse tan zopenco por lo que estaba haciendo.
Las probabilidades de encontrarla en un sitio que era frecuentado por miles de personas a diario eran una en un millón, pero allí estaba él, a bordo de un taxi, encaminado hacia el LAX de Los Ángeles.
Bajó del coche, sin perder tiempo y se adentró en la terminal número 3, donde se topó con ella, el día anterior. Miró en todas direcciones y pudo observar cientos de personas caminando de un lado al otro y a pesar de llevar anteojos oscuros y un suéter con capucha, sufría de delirios de persecución y temía que Friedrich apareciera para arruinarle los planes.
La impaciencia por encontrar a la chica comenzaba a hacer estragos en él. Necesitaba una dosis de azúcar o se desmayaría. Pudo ver en la distancia un Starbucks y suspiró de alivio. Podría tomarse un café, mientras pensaba en que iba a hacer para encontrar a esa muchacha de ojos tan lindos.
Se acercó a la barra, dispuesto a ordenar algo cuando su móvil vibró. Al ver la pantalla vio que era un mensaje de Friedrich.
¿Dónde rayos andas metido?
Leyó y respondió en el acto.
Nos vemos en un rato, fue tajante.
Metió el móvil en su chaqueta y miró el menú. Hacía mucho tiempo que no se tomaba un café en Starbucks así que no recordaba los nombres de las bebidas.
—Hola. Buen día —dijo él.
—Lo atenderé en un momento —respondió una chica que arreglaba algunas cosas en un estante.
—De acuerdo. Espero —contestó Dominik. Eso le daría tiempo de pensar en que iba a pedir.
Necesitaba dulce, una buena dosis, pero también necesitaba algo que lo ayudara a activarse, pues pasó mala noche, pensando en… ella.
Su móvil volvió a vibrar. Dominik puso los ojos en blanco, sabía que era Friedrich y le molestaba mucho que su amigo invadiera constantemente su espacio personal.
Estés donde estés, mueve tu trasero y tráelo hasta acá. Ewald me ha preguntado tres veces por ti. ¿Dónde estás?
¡j***r! Cuando Friedrich quería ser un incordio, lo era. Con letras mayúsculas.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero? ¿Algo frío o algo caliente? —Preguntó la dependienta.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió Dominik, sin apartar su mirada de su móvil. Estaba pensando en una respuesta para su publicista.
—Muy bien. ¿Señor? —indagó la chica que lo estaba atendiendo.
—Dominik —contestó él—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, antes de que la mujer se equivocara al escribirlo, pues siempre lo hacían y detestaba ver su nombre escrito como “Dominique”.
Cálmate. En unos minutos estaré allá.
Dominik presionó el botón de enviar.
Pagó, recibió su café sin dejar de ver la pantalla de su móvil y tomó un sorbo de su bebida. Dio un par de pasos y miró el nombre escrito en el vaso. Sonrió con satisfacción al ver que estaba correcto.
Se detuvo al darse cuenta que había algo más escrito.
¿Has tropezado con alguien, hoy?
Leyó.
«¿Cómo?». Dominik frunció el ceño y se dio la vuelta, por inercia.
La reconoció. Era ella.