—Gracias por acompañarme, Alan —dijo Samanta, sonando un poco ebria. —De nada. Es lo menos que podía hacer. Ya mañana arreglaré con mi jefe. Le diré que me surgió una emergencia. Sam miró hacia su casa, procurando que su hermana Teresa no estuviera asomada en la ventana. Si veía a Alan con ella, podría darle un síncope. —No puedo negar que me agradó verte de nuevo —confesó ella. Alan sonrió y se inclinó para abrazarla. —Tenía tantas ganas de verte—dijo él. —Descansa, Alan. Tal vez nos veamos otro día. Ella acercó su boca a la mejilla de él, pero en ese instante su pecho se desbocó y él sintió lo mismo. Alan se inclinó un poco más, la sujetó con fuerza y con disimulo buscó a tientas los labios de Samanta. Bastó un par de segundos para lograr su objetivo. Samanta abrió los ojos, sin

