Samanta no podía dejar de mirar sus sudorosas y temblorosa manos. No lograba entender qué demonios hacia allí, por qué aceptó la invitación de Alan, cuando lo único que hacía era pensar en Dominik. Sacudió su cabeza con sutileza y se obligó a concentrarse en el “aquí y ahora”. Miró su alrededor y una sonrisa se asomó en sus labios. Estaba en el lugar con el que había soñado por mucho tiempo. —¡Wow! No puedo creer que tuvieras una reservación. ¿Y si te hubiese dicho que no? —Preguntó ella. —Pues me habría visto como un tonto comiendo aquí solo —contestó él. Samanta soltó una leve carcajada y Alan la siguió. —Es tal cual lo imaginé. Precioso —expresó Sam, deleitándose con tan hermosa vista de la ciudad. —Lo más precioso es lo que ven mis ojos —dijo Alan en un susurro y Sam se sonrojó a

