Capítulo 12 - Dominik

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Si había algo que le encantaba a Dominik, era sentir el sudor corriendo por su cuerpo, además de la sensación de sentir su corazón palpitando frenético. Corría y corría, amaba hacerlo. Era el momento más especial del día, pues se conectaba con sus pensamientos, y esa tarde, justo esa tarde, no podía dejar de pensar en algo específico, o mejor dicho, en alguien. «¿Pero qué coño es esto?», se preguntó luego del quinto intento fallido por dejar de pensar en Samanta. No podía entender cómo era posible que una chica que apenas vio un par de veces lo tuviera tan intranquilo. Cerraba los ojos, y allí estaba ella, sonriéndole. —Una vuelta más y terminamos por hoy. Vayan a descansar, chicos —dijo Ewald, alzando el tono de voz. Transcurrieron casi dos horas desde que comenzó el entrenamiento y cada uno de los preparadores físicos cumplió con su papel. Era el momento de cerrar el entrenamiento con unas cuantas vueltas al estadio. Era un día previo al partido inaugural y el director técnico no quería exigirle mucho a sus muchachos, sólo lo necesario para mantener sus músculos despiertos a atentos para el enfrentamiento del día siguiente. Mientras uno a uno de sus compañeros iba parando y tomando sus termos de agua para hidratarse, Dominik decidió ignorar la indicación de su entrenador. —Dominik, ya está bien. Vete a descansar —dijo el ex jugador de fútbol, quien era el encargado de preparar a la selección nacional alemana. —Aún me queda mucha energía, Ewald —dijo Dom en cuanto pasó corriendo por un lado del hombre de cabello cenizo y ojos azules expresivos. —Pues, te recomiendo que guardes un poco de esa energía para mañana. Jugaremos contra Estados Unidos. No debemos subestimarlos. —Serán tres puntos que obtendremos fácil —gritó Dominik con suficiencia. —Nunca subestimes a un rival, Dominik —le respondió Ewald, asomando una amplia sonrisa. El capitán del equipo continúo corriendo por unos 10 minutos más. Sentía un poco de ansiedad por el inicio del campeonato mundial, y siempre le hacía ilusión usar la cinta de capitán en su brazo, la que llevaba usando durante los últimos 3 años. De repente, el rostro de cierta persona irrumpió en sus pensamientos, otra vez. Debía verla, hablar con ella… algo. Necesitaba saciar esa repentina necesidad que sentía por estar con Samanta. En cuestión de segundos, ideó un plan para volver a salir del hotel sin ser visto e ir a entregarle el iPod a su dueña. Era la excusa perfecta.
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