—¿De verdad no sabes quien soy? —inquirió él, muy desconcertado.
—Pues con ese disfraz puesto, no puedo reconocerte —se mofó ella.
—No es un disfraz —farfulló él—. Son cosas que suelo usar siempre.
—Lo que quiere decir que siempre te estás escondiendo de la gente —acotó ella.
—No me escondo... —Dominik trató de hablar.
—Sí, sí, sí —ella lo interrumpió—. No te gusta llamar la atención. Lo cierto es que eres un personaje público —agregó ella—. ¿Quién eres, Dominik con ‘k’?
—Bueno. Entiendo que no sepas soy, pues la mayoría de mi público es masculino. Es muy raro que una chica se interese en lo que yo hago.
—¿Acaso eres actor porno? —bromeó Samanta. No obstante, se detuvo en el acto al recordar aquella noche en casa de Carlos, que visitaban perfiles al azar en f*******:, “buscándole” una chica a su amigo y que de repente un montón de ventanas emergentes se abrieron, invitándolos a visitar páginas de contenido pornográfico. La curiosidad de su amigo lo animó a clicar una de las tantas ventanas y navegaron en una página, donde sin poder evitarlo vieron algunos videos muy subidos de tono.
«Eso es. De allí es que se me hace conocido», pensó ella y sintió que los colores subían a su rostro.
Dominik la miró con los ojos entornados.
—No. No soy actor porno —aclaró de inmediato—. Además, según un estudio realizado por la Universidad de Oxford, el 90% de las mujeres si se interesan, y mucho, por la pornografía. Agregado a esto, si fuera actor porno no podría decir que las mujeres no se interesan en lo que hago, pues a todo el mundo le gusta el sexo.
A Sam le pareció muy osado ese comentario, apenas llevaba unas horas conociendo a ese sujeto y ya estaba hablando de sexo. Por otro lado, a Dominik le parecía de lo más trivial la conversación, pues siempre estaba acostumbrado a decir lo que pensaba y a importarle un comino como lo tomara el resto de la gente que lo rodeaba. Así era él, sin filtro.
Samanta tragó grueso y se vio obligada a carraspear su garganta antes de hablar.
—¿Entonces qué haces?—Preguntó ella, con notable afán.
—Soy deportista —contestó él, queriendo restarle importancia al asunto. No tenía deseos de ahondar en él. Quería saber de ella—. ¿Y además de trabajar, que más haces?—Inquirió Dominik.
—Por ahora sólo trabajo. En un par de semanas sabré si aprobé la prueba para UCLA o si mi sueño se hará realidad.
—¿Tu sueño?—él la miró con detenimiento.
—Desde que era muy niña, he soñado con ser…
—¡Santo Dios! Hoy ha sido un día de locos —la voz de alguien que llegaba de repente, interrumpió la conversación. Sam se giró hacia la voz y miró a su amigo—. Gordon tiene que viajar pasado mañana a Nueva York y me estaba dando las instrucciones para manejar la cafetería durante los tres días que estará fuera —continuó hablando Carlos.
—Dominik, él es Carlos, mi mejor amigo —dijo Sam de inmediato.
—Un placer —Dom extendió su mano hacia el chico que acababa de llegar.
Sin embargo, el recién llegado se quedó petrificado sin decir ni media palabra. Clavó su mirada sobre Dominik y sus ojos se fueron abriendo cada segundo un poco más.
—¿Carlos? ¿Te sucede algo —Samanta se sintió preocupada por la conducta de su amigo. Parecía que estuviera sufriendo un derrame cerebral.
Dominik sabía a la perfección lo que le sucedía al recién llegado. Lo había reconocido. Sintió ganas de salir corriendo, pero se contuvo. Había regresado al aeropuerto con el objetivo de obtener, al menos, el número telefónico de Samanta, y no se iría sin tenerlo. Miró al sujeto que lo observaba con total excitación y se encogió de hombros.
—Dominik “The Bullet” Weigand —farfulló Carlos.
—¿Qué? —Sam se sintió confundida—. ¿Se conocen?
—¿Estás de broma, Sam? ¡Es La Bala! ¡Dominik Weigand! —Carlos levantó la voz sin querer y algunas personas que pasaban miraron en dirección a ellos.
—Por favor, baja la voz —solicitó el aludido—. No quiero que nadie...
—No quieres que nadie te reconozca —musitó Samanta—. ¡Oh por Dios! —exclamó ella, cayendo en cuenta—. ¿Como no me di cuenta antes? Eres...
—Es un astro del fútbol, Samanta. El jugador más valioso de la selección alemana de fútbol —susurró Carlos.
Dominik se sintió muy incómodo, pues no le gustaba ser el centro de atención.
—Creo que será mejor que me vaya —masculló Dom—. Antes que alguien más me reconozca y en cuestión de segundos esto esté repleto de corresponsales de prensa.
Samanta sentía que las neuronas de su cerebro no hacían sinapsis, no lograba procesar tanta información, así de sopetón.
—Lo que hiciste en la final de la Champion… —Carlos siguió hablando, parecía un niño pequeño frente a uno de sus más grandes ídolos—, fue ASOMBROSO, como hiciste ese tiro y como lograste engañar al portero en ese penalti.
—Ha sido un placer verte, Samanta —dijo Dom con voz trémula—. Ha sido un placer conocerte, Carlos —lo miró a él, con notable incomodidad reflejada en el rostro.
Samanta todavía estaba en shock, pero de repente, de su boca salieron unas palabras, era una combinación de números.
Dominik frunció el ceño.
—¿Qué? —Preguntó.
—Es mi número telefónico —ella lo miró a los ojos y no pudo evitar sonreír como tonta.
Le pareció de lo más tierno que Dominik hubiese preferido mantenerse bajo perfil, ocultando su verdadera identidad. Muy bien habría podido abordarla diciendo quien era y engatusarla con la imagen del chico famoso, cotizado y deseado por miles de mujeres, pero no lo hizo. Y eso le encantó. No quería perder el contacto con él. En ese momento se aferró a la tonta posibilidad de que él la llamara.
Dominik sacó su móvil de inmediato y anotó el número que Sam le indicó, sintiéndose victorioso por haber logrado su cometido.
—Me tengo que ir, debo ir a descansar —dijo Dominik sin poder quitar sus ojos de la linda chica que lo miraba.
—Buenas noches —susurró ella.
Dom miró a Carlos y asintió con la cabeza.
—Hasta luego —dijo.
—Descansa hombre, mañana tienes que darlo todo —respondió Carlos.
Dominik sonrió ante el comentario, tomó una gran bocanada de aire, se giró y se encaminó hacia la salida del aeropuerto.
Sam lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista. Un codazo le hizo poner los pies sobre la tierra.
—¿Lo que acaba de suceder fue real?
Samanta no pudo contener la risa, su amigo era todo un personaje. Su pasión por el fútbol era inmensa, y se lo demostró una vez más.
»¿Cuándo coño pensabas decirme que era Dominik Weigand con quien tropezaste ayer? —continuó Carlos.
Samanta sacudió con fuerza su cabeza, obligándose a reaccionar.
—Me acabo de enterar ahorita —respondió ella.
—¡No me jodas, Sam! Su rostro está en esa valla —Carlos apuntó con su dedo en dirección a un inmenso cartel que estaba en lo alto de la entrada de una tienda de artículos deportivos.
—¡Ya decía yo! Su cara me sonaba —farfulló ella.
—Has visto toda la temporada de pre-eliminatorias del mundial conmigo, sin mencionar la Champion League —Carlos se mostró indignado.
—Corrección. Leía mientras te acompañaba. Sabes que no me apasionan los deportes —contestó su amiga—. Discúlpame por no reconocer a una celebridad del fútbol.
—¿Y que ha sido eso?
—¿De qué hablas? —Sam no entendió la pregunta.
—Escupiste tu número telefónico como si fueses la presentadora de la lotería.
Samanta rió a carcajadas por la analogía de su ocurrente amigo, y recordó que le acababa de dar su número a Dominik, y lo mejor de todo era que no se arrepentía de haberlo hecho. Era cierto que no conocía a ese hombre, pero moría de ganas por hacerlo.
—Vámonos de aquí —dijo ella—. Muero de hambre. Busquemos un sitio donde comer.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el área de comida del aeropuerto, pero sin dejar de pensar en Dominik.