Capítulo 30 - Samanta

1306 Words
Cuando Samanta llegó a la cafetería, había una fila de casi veinte personas, esperando ser atendidas. Sin perder tiempo se dirigió hacia el área de lockers, guardó sus cosas y se puso su delantal para comenzar la jornada lo antes posible. Llegó diez minutos antes, pero igual tuvo que unirse a Carlos, quien ya había comenzado a servir cafés. Era sábado y además de ella y Carlos, también estaban Megan y Stacy, quienes le lanzaron una mirada desdeñosa en cuanto se acercó a donde estaban ellas, pero Sam prefirió ignorarlas. Saludó con alegría Ethan, quien trabajaba sólo los fines de semana. Gordon los convocaba a todos, pues los sábados había mucha afluencia de clientes. —Buen día —saludó Samanta al resto, siempre creyó que lo cortés no quitaba la valiente. Las saludaba por mera educación. —Shhh —risas—. Shhh —se escuchó una voz tratando de silenciar a otra. Sam se dio cuenta que Megan y Stacy cuchicheaban y se reían. Para Samanta, ellas eran las dos personas más insoportables del planeta. Eran el típico estereotipo de chica plástica, pendientes de la moda, de las fiestas y los chicos. Un par de chicas bellas, pero idiotas. Ambas se divertían molestando a Samanta, por ser latina. Ella se concentró en atender a todos los clientes que pudo, y al cabo de una hora, la cafetería se encontraba despejada. —Imagino que debes estar agotada, digo, por las horas extras de ayer —soltó Megan con sarcasmo. Stacy rió. —¿Horas extras? —Samanta se giró hacia Megan—. ¿De qué estás hablando? —Lo que son capaces de hacer algunas por unos cuantos billetes verdes —agregó Rachel con un tono bulón. —Ya déjala en paz, Stacy —dijo Ethan. —¡Cállate! No te metas, Ethan —dijo Megan, levantando el tono de su voz. Ethan abrió sus ojos, sorprendido por la grosería de su compañera de trabajo. —Tranquilo Ethan, yo sé defenderme sola —expresó Sam mientras terminaba de limpiar el mesón de la barra Se giró hacia Stacy y caminó hasta tenerla muy cerca. —Y no es lo único que sabe hacer sola —comentó la mujer. Ambas, tanto Stacy como Megan rieron a carcajadas. —No tengo ni idea de por qué me envidias tanto, pero… ¿sabes qué? Si dispusieras de las mismas energías y tiempo que gastas en tratar de hacerme sentir mal, para hacer algo de provecho por ti, te aseguro que estarías en otro lugar muy distinto a este, en el cual te puso papi para enseñarte lo que es ganarse las cosas con esfuerzo. Eres vil y cruel con todos, porque eres una resentida y una frustrada que no sabe vivir la vida por sí misma, sin depender como parásito de su padre —Stacy se quedó petrificada ante tal verborragia. Ethan sonrió y Carlos no pudo evitar carcajearse. Megan miraba la escena, horrorizada—. Me importa un bledo, lo que personas como ustedes piensen acerca de mí. Sí, soy de humilde proceder, pero tengo algo que ustedes nunca tendrán: ganas de trabajar y de ser alguien por mis propios méritos. ¿Y ustedes? —Las miró a ambas—. ¿Quiénes son ustedes? ¿Quiénes serán en unos años? No son nada sin la influencia ni el dinero de sus padres —finalizó, dándole la espalda a ese par de víboras. Stacy sentía que se le iba a reventar la carótida de la rabia que sentía. —¿Que hacen aquí? Es hora de trabajar. Los cafés no se sirven solos —dijo Carlos, dando dos palmadas en el aire—. ¿Y qué tal todo ayer? —Dijo él, evitando que Samanta se marchara también. Sam lo fulminó con la mirada. —¿En serio? Creo que sabes exactamente qué fue lo que pasó —dijo ella, tajante. —¡Oh vamos, Sam! No creerás que yo… —Lo que creo es que le fuiste con el chisme a Teresa y que… —Eso no es así, sólo fui a… —¿A que fuiste a mi casa? Sabías que no estaba allí. —Vi algo en internet y me preocupé. —¿Qué viste?—inquirió Samanta. —Una foto tuya, con Dominik y… Carlos se calló. No sabía cómo expresar su malestar sin que Samanta no pensara cosas que no eran. La noche anterior, de camino a su casa, revisó los resultados de los partidos de fútbol en una App de su móvil, pero se topó con un anuncio de una noticia “muy relevante”. El artículo estaba acompañado de una fotografía donde se veía Dominik Weigand, en compañía de una dama, y al parecer ambos se veían más cariñosos de lo normal. Carlos sintió que su corazón daba un brinco al reconocer a su amiga. »Míralo por ti misma—agregó él y puso una revista frente a ella. "El astro del fútbol no pierde el tiempo”, era un titular de la portada. Sam tomó la revista, impactada de ver una imagen de ella y Dominik. Los paparazzi fueron muy astutos, al captar el instante preciso en que ella se había acercado a Dominik para quitarle algo de su rostro, y a simple vista parecía que se estaban besando. —¡Oh por Dios! —Soltó Sam—. No nos… —Sigue viendo —la apremió su amigo. Al abrirla pudo divisar la noticia completa. "El astro alemán del fútbol, Dominik Weigand, se encuentra en la ciudad, junto a su selección, la cual estará disputando la Copa del Mundo contra otros 31 países más. Pero mientras espera por el próximo partido, por la clasificación a octavos de final, no pierde su tiempo y decide pasarlo al lado de una linda chica, de la cual hemos descubierto que se trata de una trabajadora de Starbucks y responde al nombre de Samanta. Esta chica de ascendencia mexicana ha logrado cautivar al jugador más valioso de los últimos tres años. Nada mal para una mesonera”. Debajo de una fotografía donde se veía a ambos sonriendo... "En horas de la tarde de ayer, alrededor de las 4:00 pm se les vio, a la dulce pareja, dando un paseo a orillas de la playa”. —Bueno, al menos no me embarazaron —dijo ella y se echó a reír. —¿Qué? ¿Te parece que esto es un chiste? —Relájate, Carlos. No es el fin de mundo. Samanta se giró y caminó hacia la barra, dispuesta a atender a unos cuantos clientes que llegaron, pero ni siquiera llegó a la misma, cuando de repente aparecieron decenas de personas que salían de todas partes. —¿Es ella? —Preguntó alguien. —Sí. Es ella —respondió otra voz. Samanta quedó petrificada ante una ráfaga de flashes. Tuvo que parpadear repetidas veces para poder aclarar su visión. No entendía que estaba sucediendo. Alguien tiró de su brazo. —¡Sam! —Era Carlos—. Sal por detrás. —¿Qué?—Ella estaba muy confundida. —Toma la motocicleta de Gordon, y vete. Las llaves están en el tablero de la pared. Samanta obedeció, pues no tenía otra alternativa. Donde quiera que mirara había alguien con una cámara de última tecnología, dispuesto a obtener una buena foto de ella. Cuando por fin estuvo a solas, lejos de toda esa locura repentina, pudo pensar con claridad en lo que estaba pasando y la idea de perder el anonimato, la aterró. Toda su vida vivió feliz siendo un rostro desconocido, disfrutaba ser invisible. No le gustaba ser el centro de atención. Samanta no fue consciente de que su vida cambió por completo, de la noche a la mañana. Su vida privada ya no le pertenecía.
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