Samanta y Dominik se fundieron en un cálido abrazo. Allí, lejos de todos, por fin se sentían libres. Aunque fuese poco el tiempo que llevaban conociéndose, había una química inmensa entre ellos. Era como si sus almas ya se hubieran encontrado en otra vida. Ella se sentía cómoda y desinhibida con él. Dominik sentía cosas que nunca sintió con una mujer, de hecho, con nadie. Su corazón se regocijaba y por momentos sentía que le iba a estallar de tanto placer que sentía.
—Me encantas —susurró Dom.
Sam permaneció en silencio, las palabras no salían de su boca.
Dominik comenzó a dar besos cortos en el cuello de la dama, subiendo hasta su rostro, esparciendo más por toda su piel. Se detuvo y miró los ojos de Sam, que tenían un brillo hermoso. Un leve cosquilleo en el estómago lo hizo sonreír.
—¿A dónde me has traído?—Preguntó él.
—Es el lecho del río Los Ángeles. Es mi lugar especial. Aquí vengo cuando necesito estar sola y pensar…
—Pero no has venido sola —dijo él, con algo de confusión.
—Y tengo miedo, Dominik. No quiero estar sola nunca más. Desde que te vi por primera vez, sólo he deseado una cosa: volverte a ver una y otra vez.
Él se acercó a ella, un poco más y clavó su mirada en la de ella.
Samanta estaba embelesada por esos ojos azules que la miraban y deseaba congelar el tiempo en ese instante, pero la abrupta realidad se hizo presente, haciéndola caer de golpe contra el suelo.
—Esto no va a funcionar —rompió el silencio.
Él se separó un poco para poder observarla mejor. Le encantaba ese bello rostro.
—¿Cómo? —La frase lo trastocó un poco.
—Míranos. Huyendo de todos, para poder tener un poco de privacidad.
—No estamos huyendo, sólo deseo protegerte de ellos. Lo que vi esta tarde me alarmó. No quiero que te acosen. No. No quiero eso para ti.
—Es el precio que tengo que pagar por estar contigo.
—Es una bendición y una maldición.
—No digas eso. La gente te adora, te respeta… ¡Te admira!
—No tengo vida propia. Desde que soy un niño no he sabido lo que es tener amigos, o salir con una chica sin tener que estar viendo mi rostro en revistas amarillistas.
—Dominik. ¿A quién pretendes engañar? Esa es tu vida, y lo será así por siempre…
—No lo entiendo, Sam. Antes de conocerte tan solo quería una cosa: la Copa del Mundo. Ahora lo único que deseo es estar contigo. No puedo dejar de pensar en ti.
—No compliquemos las cosas…
—No, tú las estás complicando, dejemos que todo fluya —la interrumpió él.
—Esto no acabara bien, lo sabes. Uno de los dos saldrá dañado y no quiero ser yo.
—Yo no pienso dañarte.
—Dominik no lo hagas más difí...
Sam no pudo terminar la frase, pues Dominik la silenció con un beso. Un beso tierno, de esos que roban el aliento. Un beso vibrante que hace temblar todos los cimientos de un alma, un beso con fundamento. El mundo dejó de existir, sólo existían sus bocas.