Capítulo 19 - Dominik

1103 Words
StubHub Center, Los Ángeles, California. Primer encuentro del mundial de fútbol. —¡Pasa el maldito balón! —Gritó por tercera vez el director técnico, pero Dominik siguió con la jugada que tenía pensada—. Maldita sea, Weigand —bramó Ewald. El capitán del equipo acababa de desobedecer la demanda de su director y siguió sus propios instintos. Herman Delch, el centrocampista, no dejaba de hacerle señas a Dominik para que le pasara el balón, tal y como estaba pensada la jugada, pero decidió hacerle el pase a Edmund Brauer, el media punta, quien al recibir la pelota no supo que hacer, ya que se suponía que Dominik asistiría a Delch en caso de que Carlton y Gates, ambos jugadores de la selección estadounidense, le cerraran el camino Ewald se llevó las manos a la cara y maldijo entre dientes, una vez más, al ver como Brauer le devolvía el balón a Weigand. El partido iba 2-2 en el segundo minuto adicional, de tres, del primer tiempo. Alemania tenía una clara oportunidad de gol, con sus tres delanteros dentro del área de peligro. —Dominik —Delch lo llamó una vez más. Dom lo miró y pudo notar que Víctor Olsen, uno de los jugadores más habilidosos de U.S.A, estaba muy cerca de su compañero y no se quiso arriesgarse con una intercepción, que luego, el jugador del bando rival convertiría en un contragolpe. Fijó su mirada en el arco y sin pensárselo dos veces, disparó. Todos los simpatizante del equipo alemán contuvieron el aliento por fracción de segundos, pero el balón golpeó contra el palo izquierdo del arco, mandando el balón a los pies de un defensor de Estados Unidos, quien se giró en el acto, pateando la pelota y mandándola al otro lado del campo, rechazando el ataque alemán. Un pitido anunció el final del primer tiempo. —Bien hecho, Dominik —le dijo Delch con sarcasmo al pasar por un lado de él. —¿Bien hecho? —Dom frunció el ceño—. Pero si no he podido hacer la jugada que tenía en mente —masculló para sí. Delch puso los ojos en blanco. Siempre se le olvidaba que Weigand no entendía el sarcasmo. —Olvídalo, Dominik —farfulló Delch y se alejó de allí. Dom sabía que cometió un error, pero consideraba que no era para tanto. Ya se encargaría de enmendarlo en el segundo tiempo. Uno a uno, los jugadores fueron saliendo de la cancha, para dirigirse a los vestidores. Las miradas tensas no se hicieron esperar. En ese momento, Weigand era el imbécil más grande del mundo, según sus compañeros. En cuanto estuvieron en los vestidores, Ewald Metzler comenzó con el sermón. —¿Qué rayos fue eso?—El director técnico fulminó a Dominik con la mirada. —Lo siento —Dom se encogió de hombros—. Yo pensé que… —Yo soy quien piensa las jugadas, a mí me pagan por eso. A ti te pagan para jugar y para ceñirte a mis estrategias. —Vi a Olsen muy cerca de Delch, era seguro que iba a cortar el pase y… —Soy yo quien decide cual movimiento es bueno y cual no —lo interrumpió Ewald. —¡Una mierda, Ewald! —Dominik se levantó de golpe. Odiaba cuando lo presionaban—. La defensa estaba replegada, si ese balón caía en posesión de Olsen habría anotado un gol. —¿Estás desestimando mi trabajo? —Metzler levantó una ceja. —No. Sólo pienso que debemos hacer unos ajustes. Estás metiendo mucho ataque y estamos descuidando la defensa —indicó Weigand. —Somos un equipo, Dominik —dijo alguien a su espalda. —Debes dejar de jugar individual e integrar a los demás en las jugadas —dijo alguien más. Al girarse vio a Edmund Brauer. —¿De qué rayos hablas? ¡Eso fue lo que hice! ¿Por qué me has devuelto el balón? Debías disparar al arco —Dominik no pudo evitar subir el tono de voz. —No fue lo que nos indicó Ewald. Tú debías hacerle la asistencia a Delch, no a mí —refutó su compañero. —¡Ya basta! —Vociferó el director técnico—. Concentrémonos en cómo vamos a remontar el partido. Hemos subestimado a Estados Unidos y nos está costando caro. —Ellos salieron a jugar con todo —comentó Rodríguez. Dominik se acercó al compartimiento que le asignaron para colocar sus cosas personales y tomó su móvil entre sus manos, sólo para echarle un vistazo al número de Samanta. Se vio tentado a escribir, pero… ¿Qué le diría? Se sintió tonto ante esa situación. Allí, de pie, mirando la pantalla del celular sin tener ni mínima idea de que decirle a una mujer que le atraía de la manera en que ella lo hacía. ¿Le atraía? La inmensa sonrisa que embozó sus labios, le ayudo a reconocerlo. Así como tomó su móvil, lo volvió a dejar dentro del bolsillo exterior de su bolso. Friedrich, quien había estado charlando con algunos representantes de afamadas marcas, entró en el vestidor justo en el momento en que Dominik abrió su locker. Treadaway miró como su amigo tomaba su móvil y lo miraba con una amplia sonrisa en el rostro. —De acuerdo, tomen lo necesario y vámonos —anunció Ewald—. Nos quedan sólo cinco minutos de descanso. Dominik tomó un par de medias limpias del interior de su bolso y se dispuso a cambiarse las que tenía puestas, pues no le gustaba jugar los dos tiempos con el mismo par de calcetines, era uno de sus rituales secretos. Friedrich logró ocultarse detrás de unas cabinas al otro lado del camerino antes de que su amigo notara su presencia allí. Sin perder tiempo, Dominik salió de allí y se encaminó hacia el terreno de juego. En cuanto se percató que se su amigo se fue, Friedrich se aproximó a la cabina, abrió la puerta con cuidado, procurando no hacer ningún ruido. Metió la mano en el bolsillo donde estaba el móvil de Dominik y al tenerlo en su mano tocó la pantalla, deslizó su dedo por la misma, trazando un patrón, para desbloquearlo y lo primero que vio fue una serie de números, acompañado por un nombre: Samanta. «¿Quién coño es esa», pensó y sintió unos celos enormes, primitivos y salvajes. No permitiría que nada ni nadie le quitara la posibilidad de estar con Dominik, así que tomó una decisión por el bien de sus deseos. Eliminó el contacto de la memoria del teléfono de Dominik.
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