Transcurrió casi quince minutos entre caminata y comer helado. Sam bromeaba con Dominik, y él tuvo que hacer un gran esfuerzo por captar sus bufonadas. Se sentía genial poder compartir con alguien que lo hiciera sentir tan bien.
—Esto me encanta —dijo él de repente.
—¿Qué cosa?—Samanta se detuvo y lo miró con atención.
—Esto —contestó él, señalándose a sí mismo y a ella—. Tú, yo… el hecho de que puedo ser yo mismo, sin necesidad de fingir ser alguien que no soy. Contigo…
Dominik se quedó callado al ver que Samanta se acercaba a su rostro.
Él se inclinó un poco hacia atrás.
«¿Qué está haciendo?», se preguntó mentalmente y estuvo tentado a alejarse de un brinco, pero se supo controlar.
Sam lo miró a los ojos, se acercó un poco más y levantó la mano.
Dom cerró los ojos y sintió que ella quitaba algo de su mejilla.
Él abrió los ojos de golpe.
—Una pelusa —dijo ella y le guiñó el ojo.
Samanta reaccionó de prisa, sintió pánico de escuchar algo que lo fuera a complicar todo. Lo que tenía con Dominik era diferente. Era nada y a la vez era todo. Así lo sentía ella. Se sentía libre y atrapada a la vez, y esa sensación la asustó mucho, pues la única vez que lo sintió, las cosas no salieron bien.
Por otro lado, Dominik se sintió confundido ante la actitud de Samanta. Esa mujer se acercó más de lo normal, y eso para los neurotípicos, era señal de intimidad. No quiso darle mucha importancia.
Los minutos pasaron y hablaron de todo un poco.
En la playa, la gente iba y venía, niños corrían de un lado al otro, jugando, otros tantos construían castillos de arenas, parejas de enamorados tomados de la mano, caminaban en la orilla, y un par de besos se escurrían entre las olas.
Dominik se sintió tentado en sujetar la mano de Samanta, pero enseguida abandonó la idea. No era bueno dando el primer paso, a pesar de que lo intentó varias veces. No quería arriesgarse a un rechazo.
—¿Sabes? Tengo cierta curiosidad con respecto a ti —dijo ella.
—¿Qué deseas saber?
—¿Cómo hiciste para escaparte de tu apretada agenda y dar un paseo conmigo por la playa?
—Pues solo lo pensé y te llamé —dijo él.
—Nos están observando —dijo ella de repente, haciéndole una seña para que mirara sobre su hombro—. Uno detrás de aquella tienda, otro parado al lado de la caseta de salvavidas, el del puesto de perritos y otros dos sentados en aquella banca —Sam los fue señalando uno a uno, con disimulo, haciendo leves movimientos con su cabeza.
Dominik cerró los ojos con fuerza y se obligó a calmarse, estaba a punto de estallar.
—No puedo creerlo. Friedrich —dijo el nombre entre dientes.
—¿Quién es Friedrich?
—Mi manager y publicista —respondió él, mirando hacia uno de los hombres que los observaban—. Está empeñado en vigilar cada uno de mis pasos.
—¿Y para que quiere él fotos tuyas, bueno nuestras? —Sam parecía confundida.
—¿Fotos? ¿Qué?
—Sí, aquel de allá acaba de tomarnos una foto —Sam miró al hombre que se encontraba al lado de un puesto de perros calientes.
—¡Rayos! —Dominik se mostró muy irritado.
—¿Qué pasa?
—Vámonos.
—Bien, como digas, pero ¿Qué sucede?
—No son hombres de Friedrich, sino paparazzi. Alguien me reconoció y los puso en aviso —dijo él, sujetando a Sam del brazo mientras comenzaba a caminar en dirección al coche—. Discúlpame, Samanta. Después de todo, no fue muy buena idea venir para acá.
—¿Bromeas? ¡Me ha encantado!
—Perdóname de verdad, no quería esto para ti…
—Pero… ¿De qué hablas, Dominik? —Sam comenzó a impacientarse por la actitud de Dominik.
—Mañana aparecerás en la primera plana de los periódicos, en unas semanas saldrás en una revista donde dirán que tienes tres meses de embarazo y que nos casaremos… No sé porque inventan tantas cosas de mí. Hicieron eso cuando estaba con Dihanna.
—¿Quien es Dihanna? —indagó Samanta.
—Mi ex novia. Nos dejamos hace mas de un año.
Ambos caminaron deprisa, evadiendo a los inoportunos fotógrafos. Se limitaron a caminar hacia el auto y mantener sus miradas fijas en el suelo.
Al llegar al auto, un grupo de paparazzi salió de la nada y comenzaron a disparar fotos a diestra y siniestra. Era una tormenta cegadora de luces por todos lados.
Dominik encendió el coche y lo puso en marcha.
—Lo siento de verdad, nunca quise esto para ti.
—No te preocupes Dominik, encontraré la forma de lidiar con esto.
Dominik se sentía iracundo, no por el hecho de lo que acaba de suceder, sino que fue con Samanta y recordó la conversación que tuvo con Friedrich unas semanas atrás.
—Te lo digo Dom, es una buena estrategia de publicidad.
—Me parece tonto Friedrich, con el tiempo la gente se dará cuenta que es falso, cuando comiencen a ver qué Scarlet anda por su lado y yo por el mío.
—Pero, lograremos el objetivo. Disipar esos rumores acerca de tu sexualidad.
—¿Para qué necesito ese tipo de publicidad?
—Llevas mucho tiempo sin ser visto con una mujer, ya comienza a c******e el rumor de que eres gay y eso no nos conviene para tu imagen.
—¿Y qué? ¿Que hay de malo con ser gay? A la gente no debería importarle mi vida privada sino lo que hago cuando estoy sobre un campo de juego.
Se negó a salir con uno de los ángeles de Victoria’s Secret, porque no deseaba ser relacionado con nadie. Mantener su vida privada lejos de la farándula era algo que se le tornaba muy difícil.
—¡Dominik! ¿Estás allí? —La voz de Samanta lo sacó de sus cavilaciones.
Agitó la cabeza con fuerza.
—Lo siento Samanta, de verdad que lo siento mucho.
—¡Ya basta! Tienes casi una hora pidiéndome disculpas, ya sabré yo como afrontar los chismes de farándula, deja de preocuparte.
—Yo no quiero que tú seas un rumor —Dom golpeó el volante y Sam se asustó un poco—. ¡Qué estúpido he sido! —Seguía hablando—. Al hotel no puedo ir, porque estarán esperándome allí.
Samanta lo observó en silencio y comenzó a preocuparse por la salud mental de él.
—Vamos a mi casa —dijo ella—. Ellos no tienen ni idea de donde vivo, así te alejas un poco de todo, y me cuentas que es lo que está sucediendo, porque no entiendo nada.
Dominik sintió un poco de calma al ver como la radiante sonrisa de Samanta le decía que todo iba a estar bien.
—Bien, indícame el camino.
—¿El camino de qué? —Sam parecía confundida.
—Tu casa, dijiste que podíamos ir para allá —le recordó él.
—¡Ah! Cierto. Sigue derecho y al llegar al elevado Harbor, gira a la derecha. Vamos a la calle 127 de S Figueroa —dijo ella, viéndose al espejo y arreglándose el cabello.
—Te ves bien —dijo él, mirándola de reojo y prosiguió a marcar la ruta indicada en el GPS del auto, pues no tenía ni idea de donde estaba.
—¿Puedo poner algo de música? —Preguntó ella.
—Claro —Dominik tocó la pantalla táctil del reproductor—. Busca lo que desees.
—¿Tienes música clásica?
—No lo sé. Es un auto rentado —indicó y comenzó a tocar los botones del reproductor.
—Deja, yo busco. Ojos en la vía, por favor —Sam lo regañó. Dom sonrió e hizo caso a la demanda. Continuó conduciendo, manteniéndose atento al camino.
Samanta se dispuso a buscar algo entre las emisoras de música y se detuvo en cuanto encontró una tonada en especial. Cerró sus ojos y comenzó a mover la cabeza al ritmo de la melodía. Al cabo de unos segundos, recostó su cabeza en el asiento, haciendo movimientos sutiles con su mano, imitando a un director de orquesta. Por un momento, ella se desconectó del mundo y se entregó al éxtasis que le producía Eine kleine Nachtmusik de Wolfang Amadeus Mozart.
Dominik se giró para preguntarle hacia donde debía ir, pues ya había pasado el elevado y tomado la intercepción que le dijo ella, pero al girarse contempló una escena tan hermosa que no quiso arruinarla. Detuvo el coche y sé quedó perplejo, viendo a Samanta.
Allí estaba ella, recostada en el asiento, con sus ojos cerrados, moviendo sus manos, sintiendo cada una de las notas de esa canción. Se mordió el labio, apretó sus ojos con los fortes y movió su cabeza con sutileza. Dominik la miró y sonrió.
Samanta estaba tan concentrada y extasiada con aquella melodía… con ese sentimiento. La música lograba remover sus pasiones más ocultas, así que ella no se percató que el auto ya no estaba en movimiento.
El gran final se acercaba y Dom pensó en una manera perfecta para cerrar con broche de oro esa pequeña serenata nocturna.
Se inclinó lento hacia ella y con delicadeza tocó su rostro. Samanta no reaccionó ante el toque de su mano, así que paseó sus dedos sobre sus labios. Sam abrió un poco su boca, soltando un pequeño suspiro. Dominik se acercó un poco más y con determinación posó sus labios sobre los de Samanta. Estos correspondieron y ambos se unieron en un tierno beso, que duró unos cuantos segundos. Lo suficiente para encender la llama de un hermoso sentimiento.
La música terminó, dando paso a otra melodía. Mientras un par de labios se movían con ternura, tratando de proveer la mayor dulzura posible. Ambos lo saborearon y lo disfrutaron como si tocaran el rostro de un ángel.
Sentían que sus corazones palpitaban a mil por hora y que una ráfaga de emociones placenteras se apoderaba de ellos. Dominik por una parte, descubría sensaciones que jamás sintió, al sujetar el rostro de Samanta entre sus manos y tratar de explorar con mucha ternura, la boca de esa mujer que lo ponía a millón. Sam, por otro lado, pensaba que jamás volvería a sentir esa pasión que sintió con el primer amor, pero se dio cuenta que era posible llegar a sentir algo mucho más intenso. No sabía porque, pero era como si los labios de Dominik hubiesen sido hechos para ella y sentirlos era una recompensa. ¿De qué? No lo supo.
Se separaron, deseosos de más…
Dom sonrió al ver como Samanta dejó escapar otro suspiro. Ella abrió los ojos y le devolvió la sonrisa, sintiéndose complacida a plenitud.
Un beso más, uno corto y travieso, selló el momento.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Sam.