«Deslízalo por debajo de la puerta y lárgate», se repitió por tercera vez. Tomó una gran bocanada de aire y dio dos pasos al frente. «Lárgate de aquí, Carlos», le espetó la voz de su consciencia.
Sabía que su actitud era estúpida. Se valió de una tonta excusa para ir a casa de Samanta. ¿Ir a llevarle su pago de la semana? ¡Samanta lo recogía todos los sábados en la mañana! Así que era innecesaria su presencia allí. Su único objetivo era saber si Sam ya estaba en casa. Si ese era el caso, sólo significaría que la cita fue aburrida y que eso no pasaría de ser un encuentro más del montón, pero si por el contrario, Sam no llegó, eso indicaría que ella lo pasaba tan bien que había perdido la noción del tiempo.
Miró el reloj y vio que eran casi las ocho de la noche, volvió a tomar una bocanada de aire, levantó su mano en puño, dispuesto a golpear la puerta y anunciar su presencia.
«¿Por qué te torturas de esta manera? ¡Lárgate!». Una vez más, esa vocecita en su cabeza.
Cerró los ojos con fuerzas y dejó escapar un largo suspiro de resignación. Se agachó y deslizó el sobre por debajo de la puerta. No tenía sentido seguir allí.
En cuanto se preparaba para darse la vuelta e irse, el sonido de la puerta, lo detuvo.
—¿Carlos? —Era la voz de Teresa—. ¿Y Samanta? —La hermana mayor miró a ambos lados, buscando a Sam.
—Yo… ehmmm —él balbuceó—. Salió un poco antes que yo. A mí me tocó hacer horas extras, pues Gordon anda fuera de la ciudad y me ha dejado encargado…
—Pensaba que ella estaba contigo —lo interrumpió la preocupada mujer.
—Sólo vine a dejarle su pago de la semana y ya me iba —Carlos se giró, dispuesto a salir corriendo de allí.
—Carlos, ¿Qué está pasando? ¿Dónde está mi hermanita?
—¿No está dentro? —La voz de Carlos tembló, dejándose en evidencia. Su intento por mostrarse ingenuo no resultó, Teresa supo que fingía al pretender que no sabía dónde estaba Samanta.
—Déjate de juegos. Sam no está aquí y tú sabes dónde está, así que será mejor que me lo digas —Teresa no pudo evitar sacar a relucir su lado maternal.
—Teresa, yo… no… ehmmm.
¿Cómo rayos se suponía que iba a decirle que Samanta estaba con un recién conocido, Dios sabe dónde, haciendo Dios sabe qué?
Carlos comenzó a sudar, delatando su nerviosismo.
—¡Oh por Dios! —Teresa se llevó las manos a la cabeza al pensar lo peor—. Está con él, ¿verdad?
«¿Con quién». Carlos frunció el ceño.
»No, no, no —farfulló la mayor de las hermanas Andrade—. Creía que ese muchacho no saldría sino hasta dentro de tres meses —continuó ella.
El mejor amigo de Samanta abrió los ojos de tal forma, que casi se le salen de las cuencas al entender a quién se refería Teresa. Alan, el ex novio de Sam.
—No —soltó Carlos—. Anda con un buen sujeto —hizo una pausa y reconsideró lo que dijo—, creo.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo que crees? ¡Explícate!
—Samanta ha ido a dar un vuelta con… ¿conoces a Dominik Weigand?—Soltó él. Teresa arrugó la nariz—. ¿La bala Weigand? —Tanteó él. La mujer frente a él negó con la cabeza—. Es un jugador profesional de fútbol… ¡Vamos! Es una celebridad.
—¿Me estás diciendo que mi hermanita anda por allí, con un hombre que puede darse el lujo de tener a la mujer que le dé la gana? —La hermana sintió que el corazón se le encogía.
—¡Vaya! Ahora que lo dices de esa forma, sí que suena bastante mal.
—Se supone que eres su amigo. ¿Cómo permites que suceda esto? —La voz de Teresa sonó gruñona.
—¡Un momento! No estarás insinuando que… —Carlos sacudió su cabeza con fuerza. Se sentía un poco confundido con la actitud de Teresa Andrade—. No puedes pretender que vaya por la vida, cuidando siempre cada paso que da Samanta. Tengo vida propia…
Carlos dejó de hablar al notar como Teresa clavaba su mirada en un coche que acababa de estacionarse frente a la casa. Al girarse y ver con detenimiento, vio a Samanta bajando del vehículo, seguida de… Dominik “The Bullet” Weigand.