Samanta frunció el ceño al ver, desde la distancia, a Carlos y a su hermana. Teresa parecía estar muy disgustada, mientras su amigo se mostraba muy apenado.
«¿Qué está sucediendo? ¿Por qué están fuera de casa?», pensó ella.
El auto se detuvo justo donde ella le indicó a Dominik, justo frente a su casa. Ella se sintió ansiosa y sin perder tiempo, bajó del coche.
Dom se bajó a los pocos segundos de haber apagado el motor del vehículo.
—¿Qué está pasando? —Indagó Samanta al acercarse un poco.
Teresa la miró a ella con molestia y luego clavó sus ojos sobre el muchacho que estaba detrás de Samanta.
»¡Oh! Que maleducada soy, él es Do… —Sam trató de hablar, pero su hermana la interrumpió.
—Sé quién es.
Dominik se sintió muy incómodo con el tono hostil de la mujer y sin poder evitarlo, intervino.
—Lo siento, creo que no he llegado en buen momento —miró a Samanta—. Lo mejor es que nos veamos luego.
—No. Lo mejor es que usted y yo charlemos —dijo Teresa. Se giró hacia su hermana—. Métete a la casa.
Samanta frunció el entrecejo y negó con la cabeza.
—¿Qué te pasa, Teresa? —Preguntó con un hilo de voz.
—Carlos, lleva a Samanta para dentro de la casa.
La aludida no entendía que sucedía. Miró a su amigo y este le hizo un gesto con la cabeza, señaló la puerta de la casa y farfulló algo inentendible.
—¿Qué es lo que pasa? —Murmuró Samanta en cuanto Carlos la sujetó del brazo y la llevó, casi a rastras, hasta la puerta.
—Te lo explicaré adentro —respondió su amigo. Había mucha ansiedad en su voz.
Samanta se sintió contrariada, quería quedarse allí, con Dominik, pero una parte de sí misma le demandaba obedecer a su hermana mayor.
Teresa supo que estaba a solas con Dominik, cuando escuchó la puerta cerrarse a su espalda. Sus ojos miraron con gran intensidad al hombre que yacía de pie frente a ella.
Dominik se sintió como si estuviera dentro de una sala de interrogatorio, y que por muy mala suerte le había tocado el policía malo. La tensión era abrumadora.
—Lo siento mucho —espetó Dom—. Lamento si le he causado algún problema a Samanta, yo sólo quería…
—¿Qué es lo que usted quiere? —Lo interrumpió Teresa.
—¿Cómo? —Él la miró con el ceño fruncido—. No entiendo. ¿Qué quiero de qué?
—¿Con mi hermanita? ¿Con Samanta?
—¿Qué quiero con Samanta? —Dominik abrió los ojos con asombro.
—Me ha oído bien. No es necesario que repita mis preguntas —dijo ella, mordaz.
—Yo sólo la invité a dar un paseo —Dominik se encogió de hombros, sintiéndose muy confundido.
—¿Por qué?
—Porque me pareció buena idea. Samanta es una chica muy agradable.
—¿Agradable como una mañana soleada? —Teresa lanzó el dardo con su lengua.
—¿Qué?
—Escúcheme bien, señor… —lo miró, solicitando que completara la frase.
—Dominik. Dominik Weigand —le indicó él.
—Bien. Escúcheme bien, señor Dominik Weigand. No lo conozco, pero sé que usted es un futbolista muy famoso, que ha venido a nuestro país por una temporada. ¿El mundial de fútbol, no? —Ella lo miró y él asintió con la cabeza—. No sé cómo ni donde ha conocido a mi hermana, pero…
—Nos conocimos en el aeropuerto —la interrumpió—. Tropezamos sin querer —le indicó Dominik con natural ingenuidad.
—Como sea. La cuestión es que no voy a permitir que alguien como usted…
—¿Alguien como yo? —Dominik se sintió muy confundido—. Usted no me conoce. ¿Como puede saber como soy?
—Es usted una celebridad, y todos los famosos son iguales. Anda detrás de una chiquilla y escudándose en su imagen de inalcanzable. ¿Cree que no sé cuales son sus intenciones? Piensa llevarse a Samanta a la cama, usando discursos baratos para luego arrojarla a un lado, como si de una bolsa de basura se tratara. ¿Cree que soy tonta, señor Dominik?
—No la conozco, señora. Si es o no es tonta, no me consta —Teresa abrió los ojos con sorpresa, por la irreverencia del hombre frente a ella, pero no lo hacía por ser grosero sino por responder su pregunta de forma literal—. Le pedí a su hermana que saliera conmigo, porque vi en ella lo que no he visto en nadie más. Me parece que es una chica inteligente, divertida y muy hermosa, y me agrada pasar el rato con ella. Si la he ofendido a usted, le pido disculpas, pues no era mi intención, pero quiero que sepa que no soy nada de eso que usted ha dicho.
Teresa se quedó estupefacta ante la fascinante habilidad de ese muchacho para manejar las palabras, y no solo eso, sino la inmensa inocencia que irradiaba de él. Por primera vez en su vida, alguien la dejó desarmada. Y eso le agradó de una manera muy extraña. Ese chico era diferente. Era frontal, directo y muy franco, cualidades que escaseaban en los chicos de esa edad. Tal vez exageró un poco al reaccionar de esa manera, pero la verdad era que, desde Alan, quedó un tanto paranoica. Su hermana era un ser muy noble e ingenuo, además de ser fácil de impresionar y hasta de manipular, por eso veía la necesidad de defenderla contra viento y marea.
»Sea tan amable de despedirme de ella. Que tenga buenas noches —dijo Dominik, dándose la media vuelta y se encaminándose hacia el automóvil que rentó.
Teresa logró asentir con la cabeza, sin poder articular palabra alguna.
Detrás de la puerta, un par de amigos escuchaban la discusión.
La quijada de Carlos casi toca el suelo.
—¡j***r! Eso fue brutal —dijo él—. Nunca antes vi que alguien lograra dejar a tu hermana sin palabras.
Samanta sonrió.
Lo que dijo Dominik fue hermoso, y lo mejor del caso es que sabía que no estaba mintiendo, pues los Asperger no saben mentir.