Salgo de la ducha un poco más renovada y relajada, meto al microondas un trozo de macarrones con queso que tenía congelado, busco una copa de vino, pero en lugar del precioso licor, le pongo jugo de naranja, no me gusta beber antes de dormir, a menos que sea estrictamente necesario.
Tomo uno de mis libros favoritos del estante, me siento en el balcón a esperar a que esté lista mi comida y me pongo a leer.
—Como me encanta este hombre, me lo comería si fuera de verdad.
Cualquiera que me oyera estaría llamando al loquero, pero lo cierto es que nadie que sepa de lectura puede decir que Camillo Ferrari no es un viejo verde que bien vale la pena conquistar y tener en la camita, para las noches frías.
«Podrías tener uno viejo sabrosón, pero te niegas a conocerlo”, puede ser que mi consciencia tenga algo de razón, pero si los jóvenes son complicados, no quiero imaginar un hombre de cincuenta años.
Como siempre, quiero hallar el amor, pero me da terror volver a pasar por lo mismo. Puede ser que exista un hombre sincero, que se enamore de mí y que quiera hacerme feliz, tanto como yo a él, pero buscarlo en esta ciudad es difícil.
Nueva York no es para todos y para todo, si quieres amor… cuesta muchísimo, si quieres trabajo, solo debes ingeniártelas. Aquí hay personas que han hecho una fortuna solo vendiendo maní tostado en una esquina.
El microondas me anuncia que mi comida ya está lista, voy por ella, pero antes de engullírmela me aseguro que esté bien caliente y regreso al balcón con aquella vista que me gusta. La noche está hermosa, sin la luna, se distinguen algunas estrellas y se me antoja que quiero ir a algún lugar donde las pueda ver en todo su esplendor.
Mi mente echa a volar, tratando de imaginar cómo es el tal Abraham. Su nombre en el buscador y tendría una fotografía suya, pero esa parte temerosa me dice que si lo hago estaré totalmente perdida. Así que prefiero imaginármelo como un hombre de cincuenta años, con el cabello gris y medio achacoso, al que le pesan los pies para caminar y que en lugar de despertar algo, te dan ganas de echarte a dormir.
O mejor me guardo la sorpresa para cuando lo conozca en persona, porque no puede ser tan bueno como Amy lo pinta, hasta a un asesino ella le encuentra el lado bonito, y no exagero, ya lo he visto.
Ataco mi plato, porque me muero de hambre y vuelvo a imaginar lo que sería un buen hombre en mi vida… si tan solo existiese.
Al terminar, me pongo de pie para ir a lavar el plato, dejo todo limpio y me voy a la cama, pero antes me seco bien el cabello, no sin colocarle esas cosas raras que le coloco para que a la mañana siguiente se vea ondulado y natural.
Apago la luz, miro el techo un rato y me dejo llevar por el sueño lentamente, sin olvidar lanzarle un beso al cielo a mi hijo.
Amy me dice que eso solo dice lo excelente madre que sería, pero me aterra esa posibilidad, porque para eso debería estar en una relación y el hecho de decirle a un hombre que estoy embarazada, para que luego me rechace… no podría soportarlo.
Me abrazo a la almohada, dedico una sonrisa y pienso que mañana haré feliz a alguien más en su día especial, mientras que yo espero el mío.
Tal vez las cosas mejoren un día o no, pero sé que sola no estaré si tengo a mi hermana y mi abuela, mi verdadera familia.