A ciencia cierta, Mandy era una chica interesante. Llamó mi atención por la forma en que se expresaba. De hecho, era la más aplicada del salón, y a ella le seguía yo. Es oriunda de Colombia, lo supe cuando se presentó el primer día de clases. Y no porque lo dijera. Su característico acento la delata. Hemos hecho varias evaluaciones juntos, y para ser sincero, la considero una gran amiga y compañera. Las pocas veces que hemos conversado de un tema ajeno a la universidad, han sido sobre sus problemas personales. Una vez me contó sobre su ex novio, un argentino que la agredía y se creía superior a ella. Abusaba de ella verbal y sexualmente. Debido a ello, la internaron en un hospital psiquiátrico, donde pasó alrededor de dos años, tiempo que le llevó superar las agresiones y abusos de su ex pareja, a quien encarcelaron por veinte años.
En el camino, otra llamada entró a mi celular.
—¿Qué ocurre Mandy?
—Quería avisarte que ya la profesora llegó. Dijo que tienes quince minutos para llegar, que te apures sino reprobarás el examen. —Cerré los ojos y los apreté con fuerza. Maldije lo más bajo que pude, no quería que ella se sintiera mal—. ¿Por dónde vienes?
—Voy por Plaza Venezuela. Hay una cola de Padre y Señor nuestro, parece que hubo un accidente de tránsito y la cola que hay es kilométrica. Dile que me...—Justo cuando le iba a pedir un inmenso favor, los carros delante de mí comenzaron a caminar—. Olvídalo, ya está. En diez estoy allí.
—Ok. Ya le diré a la profesora. Apúrate, en serio, José Miguel. No quiero que pierdas esta evaluación. —Dicho eso, Mandy colgó.
Sin pensarlo, sonreí. Ella siempre se preocupaba por mí. Si Stefanía supiera que Mandy está enamorada de mí, la habría mandado al diablo hace rato largo. O tal vez, si hablaba con ella al respecto, entendería. La verdad, no sabía qué hacer con mi vida. De todos modos, Mandy solo era una amiga y debía dejarle claro la situación. Ella debía saber que yo no era un hombre soltero como quizá creía, que tenía una novia con la que estoy próximo a casarme y he formado una familia a su lado. Si es que ella aún no lo sabía, claro.
Lo que no me esperé fue la noticia que recibí ese día.
Llegué a la universidad y antes de bajarme del Audi, miré el reloj. 08:50 de la mañana. Diez minutos exactos. Tomé mi desayuno, guardé mi celular y me dirigí al salón de clases. La profesora Mariella me dedicó una mirada de "¿Es en serio?", acompañada de una sonrisa de complicidad. Apreté los labios, en el intento de no soltar una carcajada. Me acerqué a su escritorio, ella me entregó la hoja del examen y la de la asistencia. La firmé mientras ella murmuraba algunas cosas que me causaron gracia.
—¿Y te vas a reír, José Miguel? No me parece. —Eso hizo que riera con más ganas. Me preguntó por Stefanía y los mellizos. Le di un breve resumen, ella me dijo que que-ría ir a conocerlos. La invité a almorzar después de clases en el apartamento. La verdad es que la profesora Mariella era una de las pocas con las que logré congeniar. Seguro era por la contemporaneidad de nuestras edades. Ella te-nía 33 años, y era preciosa, debía admitirlo.
—¿Dónde quiere que me siente? —No me atrevía a hablarle de tú a tú, aunque ella decía que éramos amigos. Dentro del salón, mantenía el respeto. Así me lo enseña-ron mis padres y aun lo conservaba. Me señaló la mesa más cercana a ella.
Me senté donde me indicó y me enfoqué en resolver el examen. Había estudiado por semanas para este bendito examen. Mínimo un dieciocho debía sacarme aquí. El problema fue que no logré concentrarme al cien por más que lo intentara. ¿El motivo? Stefanía. Mi chica, mi flaca, mi princesa adorada. Ella era la única que ocupaba mi mente en ese momento. Y es que la conversación de esta mañana me dejó bastante pensativo. Yo quería arreglar las cosas con ella, quería saber el motivo de su distancia para conmigo.
Concéntrate, José Miguel. Deja de pensar en Stefanía, ¡por amor a Cristo! Respiré profundo una y otra vez. Respondí las más fáciles primero, luego las más complejas. Tal como lo aprendí en la primaria. Mi madre siempre me decía que era la forma más sencilla de asegurar la nota del examen. Cuando acabé, por fin, revisé cada una de mis respuestas. El celular me sonó. Un mensaje de texto de un número desconocido en el que me invitaban a salir.
«Ok, ¿quién envió este mensaje y por qué tiene mi número?». Respondí el mensaje de la forma más cortante posible. No podía pensar en salir con alguien estando comprometido, y sabiendo que en cualquier momento mi flaca se enteraría o revisaría el celular. Porque si de algo estaba seguro era que me iba a casar con una cuaima nivel experta. Envié el mensaje a la vez que me levanté de la mesa. Entregué el examen y de reojo, miré a Mandy, quien se encontraba a dos mesas de la mía.
Ella asintió y sin decir nada más, tomé mi bolso y salí del aula. Caminé en dirección al Audi, en el estaciona-miento. Solo quería olvidar mis problemas por lo que me encerré en el auto y encendí el reproductor. Las melodías de Sin Bandera me harían llorar sin duda alguna. Cambié el dial de la radio, sin embargo, no encontré nada interesante. Busqué en el organizador que Stefanía guardaba bajo el asiento y encontré uno que ella misma tituló «variadas de Tefy».
—A ver, a ver, ¿qué tal esto? —hablé en voz alta, aun cuando no había nadie conmigo en ese momento.
La primera canción que se escuchó fue Duele, no sé de quienes eran, la verdad, pero supuse que no eran de aquí. La melodía era bastante pegajosa. La siguiente que llamó mi atención fue Si Decides (Baby). Busqué la canción en Internet y así descubrí que las chicas que la cantan eran de Colombia. «Vaya gustos los de mi novia», pensé. Al cabo de unos minutos, Mandy me escribió. Bajé del auto, no sin antes apagar la música y asegurarlo. Me dirigí a la cafetería, pero no vi rastro de Mandy. Pedí un café y aproveché de desayunar.
—Con esa cara de derrotado animas a cualquiera, chamo. —Reconocí la voz como la de Gustavo. Alcé la mirada y en efecto, era él. Su característica principal es el sarcasmo, y por eso nos entendíamos bastante bien—. ¿Tan mal saliste en el examen?
Gustavo es un muchacho agradable, simpático. Compartimos la clase de Cultura juntos y desde el primer día hemos congeniado. Es uno de los pocos con los que realmente me llevo bien, además de Mandy, de quien por cierto está enamorado. No, perdón. Ese término se queda corto. Al chamo solo le falta comprar el anillo y pedirle matrimonio. Bueno, tal vez estoy exagerando, pero sí está flechado con ella. Recordé el día que él me confesó su amor hacia Mandy. Pero el pobre es muy tímido y no se atreve a declararle lo que siente por miedo al rechazo. Tal como me sentía yo cuando supe que me había enamorado de Stefanía.
Llevaba semanas siguiendo cada paso que daba. Cuando salía por las mañanas a su entrenamiento, me asomaba por la ventana para verla. Era tan hermosa que no podía despegar mis ojos de ella. Paola se percató de la situación y me aconsejó invitarla a salir. Pero maldita sea, yo era demasiado tímido. Me aterraba el simple hecho de que ella me rechazara. Hasta que por fin lo intenté y vaya que valió el esfuerzo.
Gustavo chasqueó sus dedos frente a mí, haciendo que saliera de la laguna mental en la que estaba sumergido hace rato largo. Él me estaba hablando, lo sabía. Pero ignoraba el asunto. Él se dio cuenta, solo que lo dejó pasar.
—¿Entonces qué me dices? ¿Le doy tu número a Alejandra? Ella en serio quiere contigo, pero sé que tú estás comprometido y la verdad no quise actuar sin antes preguntarte. —Le miré confundido.
—Perdona, ¿qué? No sé de quién me hablas, hermano, disculpa. —Arrugó los labios—. Pensaba en Stefanía y...
—Típico. —masculló. Suspiró y enseguida agregó—: Alejandra, mi prima, me pidió tu número. Te pregunto, ¿puedo dárselo? —Le miré fijo—. Creo saber la respuesta.
—Hermano, sé que es tu prima y que quizá no quieras lastimarla o hacerla sentir mal, pero no. No puedes darle mi número a nadie que tenga intenciones de seducirme o coquetear conmigo. —Él asintió en silencio.
—Sabía que dirías eso, y se lo advertí. Pero ella es tan insistente que no me quedó opción. La verdad, te pregunté solo para corroborar mi respuesta. —Torció el gesto.—. Está ilusionada contigo y no entiendo el motivo. Digo, tú no le diste pie a eso, ¿o sí?
—¿Qué? ¡No! Yo solo tengo ojos para mi flaca, y no tengo la más mínima intención de cambiar eso. Ella me ha dado todo, y estoy seguro de que no encontraré una igual si ella me llegara a dejar. Stefanía es todo para mí, Gustavo. Esa mujer es mi vida entera. —contesté.
—Sí que estás enamorado de ella, hermano. —Reí suave.
—Como nunca lo estuve, Gustavo. La quiero solo a ella y no permitiré que se interpongan en la relación. No me lo perdonaría.
Gustavo abrió la boca para responder, no obstante, la figura de Mandy acercándose a la puerta de la cafetería lo detuvo. Mandy no lucía sonriente como de costumbre. Nos miró a ambos, pero él fue el primero en acercarse.
Y aquí va de nuevo...
Mi sentido común decía que debía quedarme callado, en lugar de decir estupideces. No colaboraría en nada con la situación. Vi como Gustavo la consolaba y secaba sus lágrimas. Ella se negaba a pronunciar palabra. ¿Qué demonios le habrían dicho o hecho para que llorara de esa manera? ¿Quién habría tenido la voluntad de lastimarla? Fuera quien fuera, pagaría por ello. Ambos se sentaron frente a mí. Tomé sus manos y le pedí que respirara profundo. Eso la ayudaría a aliviarse.