Eve El último mes había sido un caos. Un torbellino de emociones que no entiendo, que me arrastran sin permiso y me dejan vacía. Y si Aarón no se divorció de mí en medio de eso, estoy segura de que no lo hará nunca. A veces me pregunto cómo lo aguanta. Cómo soporta mis cambios de humor, mis reacciones desproporcionadas, mis silencios pesados y mis lágrimas repentinas. Ni yo me entiendo. Y eso es, honestamente, lo peor de todo. Paso del enojo al llanto como si fueran estaciones del día. Le grito por tonterías. Lo acuso de cosas que, al segundo siguiente, sé que no tienen sentido, y luego lloro. Lloro porque me doy cuenta, porque me odio un poco por no poder controlarlo, porque lo veo a él —siempre ahí, firme, paciente, amoroso— y siento que no lo merezco. Y, aun así, Aarón no se va.

