Eve Me sentía completamente aturdida. Como si el mundo girara a una velocidad distinta a la mía, como si el aire a mi alrededor se hubiera vuelto más denso, más difícil de respirar. El dolor de cabeza era punzante, latía con fuerza sobre mi sien izquierda, irradiándose hasta la nuca, y cada movimiento, por mínimo que fuera, lo intensificaba. El médico ya me había revisado. Con voz profesional, pero amable, me explicó que debía quedarme en observación durante algunas horas. Aunque el cinturón de seguridad había evitado lo peor, el impacto había sido fuerte. Bastaba mirar el corte que tenía en la ceja, o el otro, más superficial, en la frente, para saber que no salí ilesa. La sangre ya no corría, pero sentía el ardor persistente en la piel y un leve temblor en las manos que no podía contro

