Capítulo 17 El murmullo de la plaza se había desvanecido para mí; solo existía la voz urgente de Aída y el pequeño peso inocente de Líam en mis brazos. La verdad, al revelarse, era mucho más repugnante y triste de lo que había imaginado. El hombre que yo consideraba un monstruo, el patrón silencioso y cruel, era una víctima. Una víctima quebrada por la traición. —¡Dios mío, Aída! ¿Cómo que las cosas empeoraron más allá de esa humillación? —pregunté, mi voz se había vuelto seca y áspera. La traición del padrastro y el abandono de la esposa embarazada era ya un nivel de desgracia que desafiaba la ficción. —Ah, fue peor de lo que imaginas. Peor de lo que la mente de un hombre honesto y lógico podría concebir —dijo Aída, con la mirada perdida en la fuente—. Valeria le contó a Damien sobre

