Capítulo 4

1390 Words
CAPÍTULO 4 ​En ese momento, mi corazón se heló. Sería testigo de un suicidio si no hacía nada. Mi instinto, que ya había demostrado ser imprudente, me llevó a llamar la atención de aquel hombre e intentar evitar que cometiera una locura. ​—¡Señor! —grité para que me escuchara, mi voz apenas audible sobre el viento—. ¡Por favor, no haga eso! —En ese instante, vi que giró el rostro hacia mí. ​Todo estaba oscuro y la lluvia caía más débilmente. Aun así, entre la oscuridad, de vez en cuando lograba ver solo la silueta de su cuerpo, ya que llevaba una capucha cubriéndole la cabeza. ​—¿Quién eres? —El hombre gritó tan fuerte, con una voz tan aguda y rota, que me dio escalofríos. ​—No soy nadie, pero sé que, sin importar por lo que estés pasando, ¡esta no es la solución! ​—¿Cómo estás tan segura? —continuó diciendo, alto y furioso. ​—¡No lo estoy! —improvisé—. Pero sé que tú también sabes que lo que pretendes no resolverá tus problemas. ​—¡Maldita sea! ¿De dónde saliste? ​Rápidamente, el hombre bajó del borde del puente y vino hacia mí. Mi pavor fue tan grande en ese momento que sentí que quien estaba a punto de lanzarse del puente era yo. ​Él se acercó tanto que podía sentir su respiración errática. Mi corazón latía tan rápido que sentí que saldría por mi boca. Era alto y su cuerpo también estaba empapado, mostrando que había estado allí por horas. No podía ver su rostro bajo la capucha, pero lo sentía tan cerca del mío. ​—Nunca te metas en asuntos que no son de tu incumbencia. ​Dicho esto, se alejó. Entró en el coche de lujo, lo arrancó y se fue. ​Me quedé allí, empapada y asustada. ​Corrí algunos kilómetros más hasta ver un cartel en una intersección. Uno señalaba hacia La Villa, el pueblo, y otro hacia la Hacienda. Como quería pedir trabajo, fui en dirección a la hacienda. ​Caminé un buen trecho hasta ver la enorme hacienda, Eran ya las tres y media de la mañana. Vi un gran granero junto a la enorme casa y decidí refugiarme allí. Me quité la ropa mojada y la puse a secar en una viga alta. Me acosté sobre el heno. ​Me desperté con el ruido de pasos acercándose y, rápidamente, me puse la ropa que había dejado secando. La mañana había comenzado. ​Me escondí entre el heno y vi a un hombre mirando su celular. Caminaba de un lado a otro. Estaba muy bien vestido con ropa elegante de trabajo y parecía sumido en una profunda preocupación. ​Traté de no hacer ruido, pero de repente me vino un estornudo. El hombre, que estaba de espaldas, se giró y vino hacia mí. ​—¿Quién eres tú? ¿Y qué haces en mi propiedad? —Su voz era grave y dominante. ​—Si no respondes, llamaré a la policía. ​En ese momento, me levanté. La presencia de la policía sería mi fin. ​—Por favor, no llame a la policía. Me llamo Leandra, no soy una ladrona ni nada parecido. Solo terminé durmiendo aquí porque vine a buscar trabajo. ​Él se quedó en silencio, analizándome por unos minutos. Sentí un shock frío que me recorrió la espina dorsal. ​Era el mismo hombre. El hombre del traje de lino gris que me había encargado los moños en Oaxaca, el que sabía mi nombre sin que yo se lo dijera. El que me había pagado una fortuna en adelanto. Solo que ahora estaba despeinado, con un aura más salvaje, pero igual de imponente. ¡Damien! ​—Leandra —susurró, utilizando mi nombre. El mismo nombre que ya conocía—. ¿Qué sabes hacer, Leandra? ​—Sé cocinar, lavar, planchar y cuidar a los niños. Pero también puedo hacer cualquier tipo de trabajo físico, solo necesito que me enseñen; aprendo rápido. ​—¿Cuidar niños? —preguntó, curioso. Sus ojos ámbar se fijaron en mí con una intensidad que no me dejaba mentir. ​—Sí, cuidé a mis hermanos gemelos desde recién nacidos hasta los dos años. Sé todo sobre niños, sin importar la edad. ​Pareció meditar un momento. ​—¡Ven conmigo! ​Rápidamente, lo seguí hasta la gran casa. Él entró y yo fui detrás. De repente, comencé a escuchar el llanto desesperado de un bebé. Cuanto más caminábamos, más fuerte y claro se volvía. Entré a una habitación y vi a un pequeño bebé acostado en la cuna. ​—¡Pobrecito, lloraba tanto que parecía estar sin fuerzas! —El hombre me miró y dijo: ​—Haz que deje de llorar. ​Aún incrédula, me acerqué al pequeño ser, lo tomé en brazos y vi que estaba sucio y muerto de hambre. ​—Tiene hambre y probablemente el pañal sucio. ​—Sígueme —dijo, dándome la espalda. ​Llegamos a la cocina, preparé la leche con la rapidez de la experiencia y se la di al pequeño. Me di cuenta de que necesitaba un baño urgente. ​—¿Dónde puedo bañarlo? —pregunté. ​Él me guio a una habitación con un baño. Me dio una bolsa con dos pañales y una prenda de ropa. Le quité la ropa y el pañal; era un recién nacido, su ombligo aún no había caído. Le di un baño relajante bajo la atenta mirada de aquel hombre. Después de vestirlo, el bebé se quedó dormido. ​Me puse de pie frente a Damien. ​—¿Cuántos años tienes? —preguntó directamente. ​—Dieciocho, señor —no era del todo mentira, me faltaban dos meses. ​—Dijiste que buscas trabajo... Bien —pensó antes de continuar—. Necesito a alguien que cuide de este niño. ¿Te interesaría? ​—¡Por supuesto! —respondí rápidamente. ​—El trabajo es de tiempo completo, sin descansos. Si necesitas salir, podrás hacerlo, pero llevando siempre al bebé contigo. También deberás vivir aquí, con comida y gastos cubiertos. ​—¡Acepto! —respondí al instante. ​—¿Tan rápido? Ni siquiera te he dicho cuánto pagaré ni las condiciones. ¿Qué tan desesperada estás por conseguir trabajo? —preguntó. ​—Lo necesito mucho, solo por eso. ​—Leandra, si realmente lo quieres, el trabajo es tuyo. Te pagaré $45,000 pesos mexicanos al mes, más un adicional nocturno. Empezarás ahora y dormirás en esta habitación con el niño —empezó a dar órdenes—. Serás observada en todo momento, hasta que confíe en ti. Quiero que hagas una lista de todo lo que el bebé necesita. En una hora iremos a la capital a comprar todo. No escatimes nada. Ya que vamos a la capital, aprovecha para pasar por tu casa y recoger tus cosas. ​—Sí, señor. ​Después de dar las órdenes, él salió del cuarto. Sentí que mi vida había dado un giro de 180 grados, del infierno a un lujo inquietante. ​Una hora después, el hombre regresó. ​—¿Está todo listo? —preguntó. ​—Sí. ​—Entonces vamos. ​—Señor, ¿llevaremos al bebé? —pregunté. ​—Por supuesto. A partir de ahora, donde tú vayas, él irá contigo. Sube atrás y llévalo en brazos. ​Obedecí. Llegamos a un garaje. Él subió a un coche de lujo. ​Mientras yo observaba el camino. Al pasar por el puente, recordé el episodio de la noche anterior. ​De repente, noté que me miraban: Damien me observaba por el retrovisor. ​—¿Todo bien? —preguntó. ​—Sí —respondí rápido. ​Observé al bebé. ​—¿Tiene un nombre? —pregunté. ​—Aún no lo he decidido. Voy a registrarlo ahora. ​—¿Y usted? ¿Cómo se llama? —pregunté. ​—Me llamo Damien. ​El nombre resonó en la cabina del coche. Damien. El hombre que me había encargado los moños en Oaxaca, ahora era mi jefe. Mi corazón latió con una mezcla de miedo y fascinación.
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