CAPÍTULO 11 La tensión en la cocina era tan espesa que casi podías cortarla. Damien acababa de aparecer, y Aída, la empleada, estaba petrificada por el susto, temiendo haber sido sorprendida. —Señor, solo quedan unos minutos para que el pernil esté listo —dijo Aída, con voz temblosa, mirando fijamente la tabla de cortar. —Asegúrate de que no haya ni un solo retraso. Sabes que me gusta que todo esté a mi hora —contestó Damien. La orden salió de su boca sin una pizca de amabilidad. Su mirada se dirigió hacia mí. Sus ojos verdes, duros y fríos, no mostraban ninguna calidez. —¿El niño se recuperó? —preguntó, como si estuviera preguntando por el estado de un objeto, no de su hijo. Me hervía la sangre. Que supiera que su hijo casi muere y no mostrara ni un gramo de preocupación era in

