—Un hombre se suicidó en el puente, señor. El que une la capital con Villa Esmeralda. Damien se quedó inmóvil. Su postura era de una rigidez absoluta. Sus ojos verdes se encontraron con los míos en un duelo silencioso. Yo seguía en shock. El hombre había vuelto. Había consumado su terrible plan. Damien me miró fijamente. Su expresión era ilegible, pero su intensidad era brutal. —¿Por qué esa cara, Leandra? ¿Lo conocías? La pregunta me destrozó. No, no lo conocía, pero en el fondo, sentía un lazo con su desesperación. La tristeza me invadió con una fuerza abrumadora. Una lágrima solitaria, traicionera, rodó por mi mejilla. Me sentía impotente, inútil. —No, señor —respondí con la voz apenas audible. Mi dolor parecía provocar en él una repulsión total. No entendía cómo alguien po

