—Señor —hablé, la necesidad de romper ese muro de silencio fue más fuerte que mi miedo. —¿Qué? —respondió, su voz era solo un gruñido impaciente. —¿Tiene hambre? —La pregunta fue simple, humana, y su efecto fue inmediato. Él cambió de expresión, de la ira al desconcierto total. Puso cara de duda, como si hubiera olvidado la sensación de la necesidad física. —Es que estoy preparando una sopa caliente. Como no hay nadie trabajando aquí hoy, pensé que tal vez quiera comer algo. —¿Crees que no sé preparar mi propia comida? —preguntó fríamente, devolviéndome el rechazo con un filo cortante. —No es eso, señor. Perdón si fue lo que entendió. Es que llegué y no vi nada en la estufa o en el fregadero. Pensé que quería comer algo caliente. Solo era una oferta. —Si quiero comer algo, lo hago yo

