Estaba a punto de salir, lista para esperar a que se marchara para poder volver a espiar, cuando Damien entró en su coche, cerró la puerta y encendió el motor. El rugido me devolvió la urgencia. No podía esperar. La necesidad de la verdad era absoluta. Golpeé el vidrio del coche. Él lo bajó, mirándome con esa impaciencia controlada. —Señor Damien. Sabía que estaba siendo impertinente, cruzando una línea de respeto profesional, pero no podía dar marcha atrás. —¿Qué quieres ahora, Leandra? —preguntó, su voz seca. —No vine aquí a buscar ningún pendiente. —Su mirada se mantuvo estoica mientras confesaba. —Vine a resolver una duda que me ha atormentado y robado el sueño. Damien apagó el motor. El silencio regresó, más denso que antes. Se recostó en el asiento, cruzando los brazos,

