— Me gustan estos dos, el hada en la flor y un pequeño animalito, ¿cuánto cuestan? — Ciento ochenta pesos mexicanos cada uno — respondí yo. — Los llevaré. — Ella sacó su monedero. — ¿Viniste aquí solo a vender estos muñequitos? ¿Tienes algún punto de venta fijo? — No, la verdad, planeaba vender puerta a puerta, o simplemente cerca de la plaza — confesé. — Ah, así es más difícil, niña, y tienes que cargar al bebé bajo el sol. Ven conmigo. — Me tomó del brazo. — Mi hija tiene un puesto allá que vende pimientos artesanales, hay una caseta vacía al lado, voy a hablar con ella y tú te quedas allí también. Así no tienes que caminar tanto con el bebé. — No se preocupe, no quiero causar molestias. — No es molestia, hija, mira, perdóname por haberte hecho un interrogatorio, es que la gente aq

