CAPÍTULO 35 Dentro de su cuarto, las paredes de color caoba y terciopelo se sentían sofocantes, un lujoso confinamiento para su culpa. La luz tenue de la lámpara de lectura apenas lograba perforar la negrura de su estado de ánimo. El whisky, que solía ser un consuelo, ahora solo intensificaba su autodesprecio. —Qué demonios... Besé a Leandra. No puedo creer que hice eso —murmuró Damien, frotándose los ojos con una mano temblorosa. El recuerdo del contacto, fugaz pero electrizante, lo asaltaba. Había sido un error, un casto error impulsado por la desesperación y la penumbra —. Pero ella también se acercó a hablar y todo estaba oscuro. Por un momento, por un solo y patético instante de borrachera, pensé que eras tú, Valeria. Maldita Valeria. La mujer que lo había traicionado de l

