CAPÍTULO 43 El sol apenas se filtraba por las cortinas de la habitación de hospital, tiñendo el ambiente con un gris pálido que reflejaba perfectamente el vacío y la ansiedad que me consumían. Hacía ya más de quince minutos que el médico me había autorizado a verla, pero las manecillas del reloj parecían haberse congelado en el tiempo. Cada tic-tac era un recordatorio de que Leandra estaba en alguna sala sufriendo y mi incapacidad para protegerla había permitido esta catástrofe. Me puse de pie y comencé a caminar de un lado a otro en la pequeña oficina, mi mente era un torbellino, la imagen de Máximo, desnudo sobre ella, se repetía sin cesar, avivando una furia fría y profunda. Quería volver a ese hotel abandonado, ignorar las órdenes del capitán de seguridad y terminar el trabajo que ha

