CAPÍTULO 44 Habían transcurrido tres días desde aquel incidente. Mis ojos seguían hinchados, fatigados por el llanto y los golpes, aunque ya podía abrirlos un poco. Cada centímetro de mi cuerpo protestaba con un dolor sordo, salpicado de moretones que marcaban la brutalidad de Máximo. La simple memoria del ataque, de su agresión, de su mirada sin pudor, me hacía estremecer. Sentía escalofríos que me recorrían la piel y una desesperación muda que me oprimía el pecho. Pero justo cuando ese recuerdo intentaba arrastrarme, una luz se encendía en mi mente: la imagen de Damien, llegando como un huracán y arrancando a ese monstruo de encima de mí en el momento más crítico. Ese recuerdo era mi tabla de salvación, el pensamiento positivo en el que la psicóloga me había pedido que me enfocara.

