Capítulo 6
A las seis de la mañana, me levanté y me vestí. El bebé, a quien yo ya llamaba mentalmente Líam, dormía plácidamente. Estaba arreglando algunos cajones en el armario cuando alguien tocó la puerta del dormitorio. Inmediatamente la abrí.
Era el hombre que había descargado las cosas del coche ayer.
—Buenos días, señorita Leandra. Me llamo Benito. Soy el conductor del señor Damien y vengo a decirle que el coche está preparado para ir a la capital en cuanto usted desee. Estaré a cargo de llevarla al hospital para realizar todos los exámenes del bebé.
Mi corazón dio un brinco de decepción y curiosidad.
—¿Ah, el señor Damien no irá? —pregunté, sintiendo un escalofrío al notar la indiferencia del padre.
—No, hoy él salió muy temprano. Tenía asuntos urgentes que atender en la hacienda. Pero tiene mi número para cualquier cosa que necesite en el hospital.
—Está bien, voy a preparar al bebé y bajo enseguida para que nos vayamos.
Cerré la puerta del dormitorio y fui a bañar al bebé. Estaba tan cómodo en el lavabo, pataleando en el agua tibia, que no pude evitar hablarle.
—Pareces tan cómodo ahora, pequeñito. Si fueras mío, te llamarías Líam —susurré, sin saber que casi acertaba.
Después de vestirlo con la ropa limpia que había planchado la noche anterior, organicé su bolsa. Bajé y tomé café rápidamente mientras el bebé estaba en el carrito. Luego lo cogí en brazos y nos dirigimos al coche. Lo acomodé en la silla de seguridad, recién comprada.
Benito se acercó a la ventanilla, diciendo:
—El patrón mandó entregar esto.
Benito tenía una carpeta gruesa en la mano. La tomé y noté que eran los documentos del bebé. Subí al coche. Mientras Benito conducía, yo observaba la carpeta en mis manos.
Sentía una punzada de culpa por fisgonear, pero la necesidad de entender la situación de ese niño era más fuerte. En la carpeta, entre papeles y formularios, encontré el certificado de nacimiento del bebé.
Abrí el documento con manos temblorosas. El nombre completo se extendía en la línea superior:
«Líam Iker Hoff»
¡Dios mío! No podía creer que mi instinto le hubiera atinado al nombre de pila. Me sentí estremecer, como si el destino me hubiera llevado directamente a ese niño.
Continué leyendo. En la filiación, solo aparecía el nombre del padre: Damien Hoff. El campo de la madre estaba en blanco, con una nota marginal que indicaba "Madre ausente en el registro".
Esto me preocupó profundamente. ¿Habría fallecido la madre en el parto? Aun así, ¿por qué no aparecería su nombre en absoluto? Mi cabeza estaba llena de teorías. Damien había comprado todo lo mejor, derrochando en lujos para su hijo, pero no lo visitó ni una sola vez durante el día y el nombre de la madre no existía. ¿Qué secreto ocultaba la Hacienda?
Llegamos a la Ciudad de México y fuimos directamente al Hospital. En la recepción, una enfermera con un uniforme impecable me pidió mis documentos. Entregué mi identificación falsa que me marcaba con dieciocho años.
La recepcionista la revisó y luego me miró con una expresión impasible.
—Lo siento, señorita —declaró—. Las políticas de la institución son muy estrictas. No aceptamos menores de edad, ni siquiera con dieciocho años recién cumplidos, como acompañantes únicos de pacientes neonatales. Necesitamos a un adulto con una edad mínima de veinte años que pueda tomar decisiones médicas.
Benito, que estaba cerca, se acercó confundido. Me alejé del mostrador y lo llamé aparte, sintiendo el pánico helándome la sangre.
—Por favor, Benito, necesito tu ayuda urgente —supliqué en un susurro.
—¿Qué pasa, señorita Leandra?
—La recepcionista me rechazó. Por favor, ¿podrías registrar tu nombre como acompañante del bebé?
Benito me miró con escepticismo.
—¿Pero usted es menor de edad? ¿Cómo es eso? El jefe no contrata menores, está prohibido.
—Es una larga historia, por favor, solo escúchame —rogué—. Solo faltan dos meses para que cumpla los dieciocho, y como necesito mucho el trabajo, acabé diciendo que ya era mayor de edad. Falsifiqué mi identificación con mi fecha de nacimiento real, pero no con la edad que pide el hospital.
—Lo sé, voy a encontrar una manera de manejarlo hasta el día de mi cumpleaños, por favor, no le digas nada, necesito mucho este trabajo —mi voz se quebró—. Si me voy, ¿quién cuidará de Líam?
Benito se tomó un momento.
—Mira, chica, voy a hacer el registro aquí, porque el bebé necesita cuidados urgentes. Pero al jefe no le gustan las mentiras. Si yo fuera tú, ya le diría la verdad en cuanto lleguemos a la hacienda. El señor Damien entenderá, especialmente porque necesita a alguien que cuide al niño.
—Gracias, Benito. Te juro que se lo diré.
—En serio, chica. Si descubre que mentiste desde el principio, te mandará a la calle.
Benito se dirigió al mostrador y registró su nombre. Logramos realizar todos los exámenes necesarios para Líam e iniciamos el proceso de la cartilla.
En el camino de vuelta, reinaba el silencio. Líam había dormido después de llorar mucho.
Benito conducía en silencio, entonces me atreví a preguntar algo que ya tenía atorado en la garganta.
—Benito, ¿dónde está la madre de Líam?
El hombre pareció sorprendido. Mantuvo un silencio tenso por varios segundos.
—Es un asunto del patrón, señorita Leandra. No me corresponde a mí hablar de ello —fue su única respuesta.
Quedé más intrigada. Tenía a mi lado a un angelito tan inocente y él no tenía una madre presente, y tampoco un padre emocionalmente disponible.
Llegué a la hacienda, cambié la ropa de Líam, y tomé una ducha rápida. Bajé y lavé mi ropa que había comprado.
Más tarde, fui a la cocina a preparar el biberón de Líam. Antes de entrar, noté que Damien estaba conversando intensamente con otro hombre. Me detuve en el umbral.
—Man, cuando leí ese mensaje, ni siquiera pude pensar correctamente, solo tomé el coche. ¿Te imaginas el desespero que sentí? Te llamaba y tu teléfono estaba apagado —el hombre, seguía hablando—. Conduje mil kilómetros, solo paré para cargar gasolina. Mientras manejaba, solo maldecía a esa mujer en mis pensamientos...
—Eso es lo de menos,. No vas a creer quién es la... —Damien cortó la conversación abruptamente.
Líam había empezado a llorar en el cochecito, y los dos hombres notaron mi presencia al mismo tiempo.
«¡Rayos! Justo cuando la conversación se estaba poniendo interesante y revelaban más sobre la noche que lo encontré en el puente», pensé.
—Disculpa, no quería interrumpir. Vine a hacer el biberón para Líam —dije.
él se levantó y se acercó al cochecito.
—Entonces, ¿este es tu hijo? — sonrió—. ¡Qué bueno que se parezca a ti, por lo menos!
—No sé de qué hablas, los bebés son todos iguales —respondió Damien con frialdad.
Líam volvió a llorar. Lo tomé en brazos y comencé a preparar su biberón.
—¿Cómo fueron los exámenes esta mañana, Leandra? —preguntó Damien.
—Todo bien, señor. El médico dijo que es un bebé muy saludable. Ya iniciamos el proceso de la cartilla.
—¿Cuál es el nombre de tu hijo, Damien? —preguntó Felipe.
—Líam —respondió él.
—¿De dónde sacaste ese nombre?
—De un folleto publicitario que había en el Registro Civil —respondió Damien, con un sarcasmo que me hizo entender que estaba mintiendo.
—Tómatelo con calma con él, ¿vale? Este bebé es el único inocente de esta historia, Damien.
—Lo sé, lo sé. Por eso ya arreglé todo para él e incluso contraté a esta niñera.
Él me miró.
—¿Cuántos años tienes, joven? —preguntó.
Antes de que pudiera responder, Damien respondió por mí.
—Se llama Leandra, tiene dieciocho años, pero ya tiene experiencia como niñera. La necesito.
Me sentí muy incómoda.
—Pareces más joven —comentó.
Tomé el biberón y el termo, puse a Líam en el cochecito y salí de allí lo más rápido que pude.
—Con permiso, Líam necesita alimentarse —dije, casi huyendo.
Salí deprisa de la cocina. Me dirigí a la habitación.
Le di el biberón al bebé. Luego, comencé a armar la cuna. Pensé en lo que le dijo a Damien: "Este bebé es el único inocente de esta historia".
—¿Qué quiso decir con eso? ¿Inocente de qué?
Estuve dándole vueltas a esto en mi cabeza cuando la puerta del cuarto se abrió y Damien entró, quedándose de pie frente a mí, con una carpeta en la mano.
—Necesito tu identificación oficial y tu RFC para registrar tu contrato —dijo.
—Bueno... Necesito hablarle, señor. Es que... hubo un accidente con mis documentos. Mi perro, un pinscher, alcanzó mi bolso y rompió todos mis documentos. Quedaron inutilizables. —Mentí patéticamente.
—Procura arreglar eso pronto —dijo, serio, sin presionar más.
—Sí, señor.
—Y recuerde llevar al niño a donde vaya. Usted trabaja tiempo completo. Benito es responsable de llevarla a cualquier lugar al que quiera ir, incluso para resolver asuntos personales. Pero debe avisarle.
—Gracias por eso, señor.
Antes de dar media vuelta, Damien echó un breve vistazo al bebé en la cuna, pero simplemente salió del cuarto.
La Última Llamada
Terminé de armar la cuna. Estaba en pijama y lista para dormir. Poco después, alguien tocó a la puerta. Me levanté y abrí. Era Carmela.
—¡Leandra! —dijo en un susurro.
—Sí, Carmela.
—El patrón la está llamando de inmediato a la oficina.
—¿Dónde está la oficina?
—En la última puerta del segundo pasillo.
—Está bien, me cambiaré de ropa y voy enseguida.
—Él dijo de inmediato, señorita, es mejor ir así mismo. Él odia esperar.
La mujer se dio la vuelta y se fue. Tomé el monitor y salí hacia la oficina. Antes incluso de tocar la puerta, escuché la voz de Damien mandándome entrar.
Entré. Él estaba de pie junto a un escritorio inmenso.
—¿Mandó llamarme, señor? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Leandra, empaca tus cosas de inmediato. —Dijo irritado, sin levantar la vista del escritorio.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo el suelo temblar bajo mis pies.
—¡Estás despedida!