Capítulo 2

1832 Words
Capítulo 2 ​—¡Leandra, despierta! —gritó mi madre, Carla, golpeando la puerta de mi habitación con una furia sorda que resonó por toda la casa. ​Me sobresalté, abriendo los ojos de golpe. ​—Todavía son las cinco de la mañana, no es mi hora de salir —respondí asustada, mirando la hora en el reloj del celular. Había planeado salir de casa a las diez, después de que los gemelos estuvieran despiertos y la rutina matutina se hubiera estabilizado, y luego ir a vender mis lienzos y despedirme de Renata a las cuatro de la tarde. ​Carla abrió la puerta de un empujón, su rostro era una máscara de ansiedad y resentimiento. ​—Hoy no vas a salir. Leo y Oliver tienen fiebre. Te vas a quedar con ellos porque Máximo solo no puede encargarse de los niños enfermos. ​Un nudo frío se instaló en mi estómago. ​—Pero quedé en encontrarme con Renata hoy. Ella se va a las cuatro, mamá, y es la última vez que la veo. ​—La próxima semana la ves, si es que te queda algo de dinero para viajar a Monterrey —dijo con total indiferencia, sin importarle lo que yo decía—. Leo y Oliver son más importantes que tus amistades de la calle. ​—Mamá, es que... —intenté argumentar, levantándome de la cama. ​—Escucha bien —ya venía hacia mí. Me tomó del cuello de la pijama y apretó, no lo suficiente para ahogarme, sino para infundir miedo y dolor—. Vas a cuidar a tus hermanos. No vas a salir de su cuarto para nada, ¿entendiste? ​—Entendí —mi respuesta salió como un susurro, por la falta de aire y por el dolor punzante de sus manos. ​—No quiero que tú y Máximo hablen de nada que no sea sobre el estado de salud de los gemelos. ¡Nada de bromitas, niña! El trabajo de tu padrastro en el gobierno es demasiado importante como para que lo distraigas con tus estupideces. ​—Parece que usted lo quiere más a él que a mí —dije, sintiendo la punzada de esa verdad. ​Ella soltó mi cuello, me miró con desprecio y se acomodó la ropa, volviendo a su fachada de 'dama de la sociedad'. ​—No es momento de discusión ni dramas, Leandra. Ve al cuarto de ellos y acuéstate junto a su cuna. ​—¿Usted quiere que yo me acueste en el suelo? —La pregunta me salió sola. Yo sabía que mi madre ya no me quería, que me maltrataba con y cuando podía, pero cada vez que decía algo así, aún me sorprendía la frialdad inhumana que salía de su boca. ​—Si no quieres dormir, ponte a planchar la ropa que lavaste ayer. No te olvides de separar por colores cuando la guardes; si no, después es difícil encontrar las prendas. Haz algo productivo, no me estorbes. ​Salió de la habitación sin esperar respuesta. Me levanté y me puse la ropa más recatada que tenía: un pantalón de mezclilla holgado y una blusa de cuello alto. Nada de ropa que marcara mi cuerpo. Fui al cuarto de los gemelos. ​Leo y Oliver tenían dos años, eran dos dulces de niños. Yo los había criado. Les di su primer baño, los llevé a las consultas médicas y les cantaba hasta que dormían. Mi madre y Máximo también los amaban, más que a nada en el mundo, darían la vida por ellos. El cuidado que no tienen conmigo, lo tienen de sobra con mis hermanos, lo cual me dejaba un poco aliviada, porque cuando yo me fuera, sabría que ellos estarían bien cuidados. ​Entré al cuarto; estaban arropados y dormían en sus cunas, pero sus caritas, sonrosadas por la fiebre, mostraban un pequeño rictus de dolor. Les tomé la temperatura, les di el medicamento y me senté en el suelo, apoyando mi espalda en la pared. Sabía que mi madre no volvería a entrar antes de las siete, hora en que se levantaría para terminar de arreglarse y salir a sus compromisos. ​Amaneció. Mi madre ya se había ido. Máximo vino a ver a los gemelos dos veces por la mañana, con ese aire de importancia y molestia por tener que atender asuntos domésticos. ​ ​Ahora eran la una y media de la tarde, y aún no había almorzado. Leo y Oliver parecían estar mejor; la fiebre había bajado a 37°C y comían todo lo que les ofrecía. Acababan de dormirse después de su leche, así que fui a la cocina. Estaba muriéndome de hambre. ​Máximo estaba de pie frente al fregadero, bebiendo agua. Su presencia llenó la cocina, tensando el ambiente. ​—¿Dónde están Leo y Oliver? —preguntó con un tono áspero, sin dejar de beber. ​—Acaban de dormirse, la fiebre ya pasó —respondí sin mirarlo, yendo directamente a la nevera. ​Empecé a servirme un plato de sopa de verduras que había sobrado y, en mi desesperación por ver a Renata, me olvidé momentáneamente de mi miedo. En mi inocencia, le pedí permiso a mi padrastro. ​—Máximo —él me miró fijamente, con esa expresión de superioridad que tanto odiaba—. Ya que los niños están mejor, ¿puedo salir un rato? Tenía un compromiso hoy a las cuatro en el terminal de autobuses. ​—¿Compromiso? ¿Qué compromiso? —preguntó, con un tono más que grosero. ​—Tengo que ver a una amiga, se va de la ciudad. ​—¿Una amiga? Hum, yo sé... ¡Tú vas es detrás de hombres! —Su comentario me tomó por sorpresa. Soltó una carcajada seca, llena de malicia. ​—Respétame, no tienes derecho a hablarme y ofenderme así —respondí indignada, cerrando la nevera con fuerza. ​Él dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco. Su rostro, que podía ser tan serio y formal ante las cámaras, estaba ahora deformado por la rabia y el desprecio. ​—¿Desde cuándo tengo que respetar a alguien como tú? Esta casa es mía, Leandra. Soy un alto funcionario público, y tengo derecho a decir lo que quiera. ¿Acaso crees que voy a permitir que te quedes aquí si apareces embarazada de cualquier maleante? ¡Te echo a la calle, ¿me oíste?! ​Él tenía la peor opinión de mí, y eso que nunca le había dado motivos. Yo siempre fui una chica tranquila, nunca salí ni di problemas a mi madre, pero él solo veía en mí un riesgo y una molestia. ​—¡Respétame! —grité, golpeando la mesa. Era la primera vez que lo enfrentaba con tanto coraje. ​Él vino hacia mí con la rapidez de un depredador. Me sujetó del cuello de mi blusa, estampándome contra la encimera de la cocina. Yo tenía en la mano el plato de sopa caliente que acababa de servirme. ​—¿Quieres respeto? ¿Por qué? ¿Crees que no reconozco a una cualquiera cuando la veo? No vas a salir, y si tienes tantas ganas de ver a un hombre, te voy a mostrar uno de verdad... aquí mismo. ​Mientras decía eso, su mano libre bajó rápidamente. Apretó mi pecho, intentando arrancar mi blusa. El pánico me inundó. En ese momento, no lo pensé dos veces. Fue la rabia, la desesperación, la certeza de que mi vida corría peligro. ​Le lancé el plato de sopa caliente en la cara con toda la fuerza y el odio que tenía acumulados durante años. ​El impacto fue húmedo y brutal. Máximo soltó un alarido de dolor y cayó al suelo, gimiendo. El plato se hizo añicos. El vapor de la sopa llenaba la cocina. Parecía haberse quemado bastante. ​—¡Perra! ¡Te voy a matar! —gritó, intentando levantarse. ​Ese grito me despertó. No podía quedarme. Corrí hacia mi cuarto, tomé mi mochila, la que contenía mis lienzos, mis documentos y mis cuarenta mil pesos, y salí corriendo por la puerta principal. ​Máximo estaba en la cocina, gimiendo, lavándose la cara en el fregadero. El olor a piel quemada y a sopa agria llenaba el aire. ​¡Bien hecho! ​Corrí tan rápido como pude hasta el final de la calle. Un taxi pasó y lo detuve, pidiéndole que me llevara a la terminal de autobuses. ​Al llegar, mi mente comenzó a procesar la gravedad de la situación. Había quemado el rostro de un alto funcionario público, la pareja de mi madre. Mi madre jamás me creería; estaría cien por ciento de su lado. No podía volver a casa; Máximo me mataría, o peor, se aseguraría de que mi vida fuera un infierno legal. ​Solo llevaba la ropa puesta y mi mochila. En ese momento solo una cosa me vino a la mente: ​—Es ahora, Leandra, tu libertad empieza aquí... ¡Tienes que irte! ​ ​Me acerqué a la ventanilla y pedí un billete para la capital, Ciudad de México. La empleada me pidió los documentos y, al ver que era menor de edad, me dijo que no podía viajar sola sin una autorización de mis padres o tutores. ​—Señorita, cumplo dieciocho dentro de dos meses, no hay problema —intenté explicar. ​—No lo habría, si fuera a una ciudad cercana dentro de Oaxaca. Pero viajando sola al Distrito Federal, necesito una autorización por escrito de tus responsables. Es la ley, chica. ​—Por favor, te lo suplico, véndeme el pasaje. Es un caso de vida o muerte —rogué, con lágrimas en los ojos, recordando el rostro de Máximo quemado y furioso. ​—Niña, si es un caso de vida o muerte, te aconsejo ir a un hospital o a la policía, no a la terminal —respondió indiferente y se fue a hacer otras cosas, ignorándome. ​No podía ir a la policía y decir que mi padrastro intentó abusar de mí; sería mi palabra contra la de él, un hombre poderoso y respetado. Estaba sola. ​Me senté, desesperada, sin saber qué hacer. La única opción que quedaba era comprar un pasaje a alguna ciudad dentro del mismo estado de Oaxaca. No era mi plan, pero al menos me alejaría de la capital y, con suerte, de Máximo. ​Me levanté y volví a acercarme a la ventanilla cuando, justo en ese momento, escuché una voz áspera gritar mi nombre desde la entrada del terminal. ​—¡Leandra! ¡Detente ahora mismo! ​Al instante, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. El miedo paralizante se apoderó de mí, haciéndome dudar de si debía correr o quedarme. Pero no era la voz de Máximo. Era otra persona, pero gritando mi nombre con una autoridad inconfundible.
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