Capítulo 23 Eran las diez de la noche cuando Líam finalmente se durmió, agotado por el día de fotos y paseo. Yo ya no podía más de hambre. Bajé a la cocina, esperando que Damien ya no estuviera allí. Me moví con sigilo. Entré en la cocina y mi primera observación fue la pulcritud desconcertante: el fregadero estaba reluciente, y la estufa, fría. No había una olla o un plato fuera de lugar; ni siquiera parecía que un hombre hubiera cocinado allí hacía unas horas. —Un hombre ordenado... qué raro —murmuré para mí misma, desconcertada por el contraste entre su caos emocional y su pulcritud doméstica. Mi mente vagó hacia la falta de consideración que había demostrado al no dejarme nada de la comida cuyo olor había inundado la casa. Me preguntaba, con una mezcla de resentimiento y curiosidad

