No tardó mucho en llegar a ella, estaba agotado y a pesar del frío reinante, mostraba claras señales de sudor en su frente y en su cuerpo, aunque eso no le importaba. —¿Estás bien, Umi…? —pregunto Kenay con amabilidad. Al ver que ella no podía responderle, se despojó de otra de sus pieles y con ella cubrió a los dos, la abrazó y comenzó a caminar con ella hacia la cueva, en la cual Sahale, había vuelto a encender la fogata y tenía a la niña, que dormitaba con toda confianza en sus brazos. Al llegar a la cueva, Kenay, tomó a su hijo en brazos y su rostro se entristeció al ver que su hijo estaba inconsciente y su piel muy caliente, un gesto de preocupación y temor apareció en su varonil rostro. —¡Se está muriendo…! ¡Wakatanga, no lo permitas…! —pensó lleno de angustia. —¿Encontraron a A
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