Leonid Nevsky El silencio de la habitación era una tortura rítmica, marcada únicamente por el siseo del equipo médico y el goteo constante de la bolsa de sangre que colgaba junto a la cama. Me quedé sentado en una silla de madera, con el cuerpo tenso y los nudillos todavía manchados por la pelea en el sótano. No me había limpiado. No quería hacerlo. Quería que el olor a hierro y a pólvora me recordara el precio de mi descuido. Kira, descansaba bajo las sábanas blancas con una fragilidad que me partía el alma. El médico había sido claro: el cuchillo no perforó ningún órgano vital, pero el tajo fue profundo, diseñado con la precisión de un carnicero para que se desangrara lentamente, para que sufriera mientras la vida se le escapaba por el costado. Había perdido mucha sangre, pero la tr

