Leonid Nevsky Me quedé congelado bajo la presión de sus labios, sintiendo cómo el mundo exterior, con sus conspiraciones y su sangre, se desvanecía para dejar solo el incendio que Kira acababa de desatar en mi despacho. Pero lo que más me impactó no fue la agresividad de su beso, sino la mirada que me lanzó al separarse. Sus ojos, esos zafiros que siempre habían guardado una distancia cautelosa, estaban empañados por una desesperación cruda, casi infantil. Estaba rota, pero podía ver como ella misma en su desesperación intentaba arreglarse a su misma Las palabras de ese animal en el sótano le habían arrancado la poca seguridad que le quedaba sobre sus raíces, y ahora venía a mí, buscando que yo fuera el espejo que le devolviera una imagen que no estuviera manchada por el apellido Nevsk

