~Capítulo 9~

3570 Words
Dasha   A la mañana siguiente llego a la compañía algo cansada, ya que la noche anterior había estado leyendo la carpeta que Nora había preparado para Gael, intentando comprender qué estaba tramando ella con todo eso. Además, la pelea que tuvo Boris con Khan me tenía sumamente estresada, verlos golpeados y malhumorados solo hizo que me estresara aún más. Estuve a punto de despedir a Boris, y de mandar a Khan al pozo de donde salió. Pero no hice ninguna de las dos cosas, porque mi plan era aún más importante y, quiera o no, ambos eran parte fundamental de él.   Khan ya había comenzado con su “trabajo”, que consistía en estar junto a Roxanne por un tiempo más. Celine lo había seguido, tal y como se lo ordené.   Cuando llego a mi oficina lo primero que veo es a Gael sentado en mi silla, bebiendo agua. Por la expresión que tiene en el rostro, asumo que está un poco raro, como si tuviera resaca.   —Buen día.—saludo con amabilidad.   Él se pone de pie y me observa con curiosidad.   —Buen día—me devuelve el saludo con un tono de voz más amistoso.—¿Cómo te encuentras? Cuando desperté no te vi a mi lado.—dice.—Pensé que vendríamos juntos al trabajo.   —¿Y por qué vendríamos juntos?—pregunto sin entender.   —Eh, bueno…—se rasca la nuca, algo incómodo.—¿Sucedió algo que no sepa? A decir verdad no recuerdo mucho.   —Bueno, quizás se deba a qué bebiste demasiado.—miento, soltando una leve risa.—Pero, ¿no recuerdas nada? Con lo lindo que la pasamos.   —¿Cuánto bebí? Lo último que recuerdo era que estábamos bailando.—piensa.—Lo lamento, usualmente no bebo demasiado. No sé qué me pasó anoche.—se disculpa.—¿Tú la pasaste bien conmigo?   —La pasamos muy bien. Tú estabas muy… entregado.—comento.—Bailamos, bebimos, nos divertimos… Y luego, pues, pasó lo que deseábamos.—concluyo.   Él se queda unos segundos en silencio, como intentando recordar lo ocurrido la noche anterior. Yo me cruzo de brazos y lo observo mientras hace muecas y se lleva una mano a la cabeza.   —En verdad no recuerdo.—dice.—¿Cómo puede ser que haya bebido tanto? Soy un idiota. ¿Puedes decirme exactamente qué pasó? ¿Tuvimos sexo?   —¿Eso querías? ¿Tener sexo conmigo?—le pregunto elevando una ceja.   —No, bueno sí… Me refiero a que quería pero no de esa manera. Es decir…—balbucea.   —No importa, da igual.—lo interrumpo.—De todas maneras no recuerdas nada, así que…   —Y lamento eso, en serio. Ojalá recordara todo pero…   —¿Podemos hablar más tarde? Tengo muchas cosas por hacer hoy.—me disculpo.   Él me observa con algo de decepción, pero asiente y se encamina a la puerta.   —Solamente quiero que sepas—habla cuando llega a mi lado.—, que lo poco que recuerdo me gustó. Y quisiera volver a salir contigo, conocerte más, si tú quieres.   Yo lo miro a lo ojos y sonrío de lado.   —De acuerdo.—accedo.   Él me da un beso en la comisura de los labios y sale de mi oficina, dejando impregnado su exquisito perfume por todo el lugar.   —Dios mío…—murmuro.   Tomo asiento en mi silla de trabajo y enciendo mi computadora para empezar a trabajar.   Pero no me puedo concentrar.   Los sucesos de la noche anterior me rondan en la mente a cada segundo, como si fuese un maldito disco averiado que se repite una y otra vez sin descanso. La forma en que me besaba, me tocaba… fue muy tierno él, y yo no estoy acostumbrada a que me traten de esa manera tan linda y delicada. Directamente no tengo a nadie que me trate de ninguna manera.   «Sólo son seis meses» Me digo, como si eso lograra hacerme sentir mejor.   Inhalo y exhalo una y otra vez, alejando los pensamientos confusos y enfocándome en mi objetivo.   Cuando abro los ojos estoy un poco mejor.   En ese instante la puerta se abre de golpe y aparece Nora. Seguido a ella se asoma Elena algo preocupada.   —Lo lamento, señorita Dasha, pero ella se adelantó.—explica mi asistente.   —No te preocupes, Elena. Yo me encargo.—le digo.   Nora toma asiento en uno de los sofás y me contempla con indiferencia.   —¿Y bien? ¿A qué debo tu visita? ¿Vienes a desearme suerte?—rompo el silencio.   —Vengo para tratar de entender qué es lo que buscas.—suelta.—He intentado darle vueltas al asunto, pero no hallo respuestas.—hace una mueca.   —No sé a qué te refieres.   —¿A qué viniste? ¿Por qué no te quedaste en Rusia?—cuestiona casi con irritación.   —Oh, te refieres a eso. Ya te lo he dicho: estoy aquí para hacer negocios. No hay mucho más que entender.—comento con calma.   —Nos conocemos, Dasha.   —No, mas bien nos conocíamos. Tiempo pasado, querida.—inquiero.—Pasaron más de diez años, Nora. Creo que te quedó claro lo mucho que cambié.   —Sí, eso me quedó muy claro, lo entendí cuando mataste a mi padre. Obviamente sólo alguien desquiciado hace tal atrocidad.—dice con enojo.—Porque, sí eres consciente de lo que hiciste, ¿no? Mataste a una persona, a mi padre. —recalca.   —Yo no lo maté. Me viste en esa fiesta, y lamento decepcionarte pero no tengo una gemela.—digo. Mis palabras sólo hacen que ella se enoje más.   —Te lo dije, y lo sostengo: vas a pagar por eso.—me advierte.   —Nora, no te conviene tenerme como enemiga.   —No me importa. No te tengo miedo. —dice sin más.—Tú lo dijiste: hemos cambiado, y sí, tienes razón. Es más, te sorprendería lo cambiada que estoy.—añade.   —¿Exactamente qué buscas, Nora? ¿Quieres volver con Gael para que te mantenga ahora que no tienes nada? Porque tu trabajo apesta, mejor dicho, tú apestas en ese trabajo.—le digo, y se me escapa una carcajada.   —¿Disculpa? Yo no necesito que nadie me mantenga.—zanja.—Si estoy aquí es porque quiero a Gael, sí, pero no por lo que estás insinuando. Él realmente me importa, más se lo que imaginas.   —Oh, ¿dices que estás enamorada de él? Por favor, no me hagas reír.—me burlo.—Y sé que tu padre lo único que te “dejó” fue ese pedazo de hotel, y no en buenas condiciones. Así que, ese cuento viejo tuyo no me lo creo. Lo de Gael es una patética excusa para esconder tus verdaderas intenciones.   —Ese no es tu asunto.—evita mi mirada.   —¿Ah, no? Te recuerdo que soy socia de esta compañía, a la cual le estás intentando vender ese hotel mediocre.—suelto.   Automáticamente ella me mira con los ojos abiertos de par en par, como sin poder creer lo que le estoy diciendo. Parece que ese asunto era confidencial.   —¿En verdad crees que voy a permitir que este lugar de prestigio compre esa pocilga que tenía tu padre? Estás mal de la cabeza, Nora.—sentencio.   —¡Eso no te concierne!—me grita.—¡Es un asunto entre Gael y yo! ¿Cómo sabes sobre eso?   —Yo lo sé todo. Y sí me concierne. —replico.—Sabes muy bien que ese hotel no vale lo que pides. Ha tenido fallas desde hace años, pasó de tener 4 estrellas a solamente 2, se ha decaído gracias al mal trabajo administrativo que hizo tu padre. Le estás pidiendo mucho dinero a esta compañía y le diste los documentos a Gael porque sabes que él sabrá idear una buena estrategia para lavarle el cerebro a los socios, con tal de que acepten tu propuesta.   —Eso no es cierto…   —¿No? Entonces, ¿por qué no hablaste directamente con Demian? Sabes tan bien como yo que él es quien lleva las finanzas de la compañía. Él podría evaluar la situación primero y luego acudir a Gael, y finalmente presentar la propuesta a los socios. Pero no, tú fuiste con Gael primero, y quién sabe qué le dijiste para persuadirlo.   Ella se pone de pie con rabia y aprieta sus puños.   —¿Qué quieres lograr con eso?—le pregunto.—A Gael no lo tendrás de vuelta. Tampoco será tu salvavidas.   —¿Y tú qué quieres con todo esto? ¡Dime! Primero asesinas a mi padre, luego te acercas a Gael y te metes en su compañía… Me dejas sin nada, Dasha.—ladea la cabeza, con lágrimas en los ojos.—¿Qué te dice, maldita sea?   —Si piensas que todo esto es por ti, estás muy equivocada. Eres irrelevante en mi vida, así que baja de esa nube.—aclaro.—Ya te dije que tu padre fue una mierda, y lo que le pasó se lo buscó él solito. Respecto a Gael, él vino solo a mí.—me encojo de hombros.—Los negocios son la base de mi vida, así que no empieces con tus tonterías.   —Gael sabrá la clase de persona que eres.—me amenaza.—Él jamás querrá estar con una mentirosa.   —Oh, parece que finalmente lo tienes muy claro. Por algo te dejó, ¿no?—le recuerdo.   —Muy pronto te voy a borrar esa tonta sonrisa que acostumbras a llevar.—murmura.   —Olvídate que esta compañía compre ese hotel de cuarta. Sácalo adelante tú sola si puedes. Y entiende que no podrás conmigo, porque si intentas destruirme lo vas a lamentar. Aquí la que pierde eres tú.—espeto.   —Eso ya lo veremos, querida.   Y con esa advertencia, sale de la oficina dando un fuerte portazo.   **   Al mediodía Gael aparece en mi oficina, sosteniendo una caja de bombones para mí. Según él, es una manera de pedirme disculpas por no acordarse de lo que pasó la noche anterior. Se nota que ha intentado recordar los detalles, y no deja de preguntar si tuvimos sexo o si me fui antes. Evado el tema, dejando que piense lo que mejor le parezca. Eso, en parte, es para mantenerlo pensando en mí, en lo que pasó.   —Gael, ya te dije que no tiene importancia. Confórmate con saber que me la pasé muy bien contigo.—le repito, mientras llevo el tenedor a mi boca.   También me insistió para que saliéramos a almorzar, obviamente acepté.   —Pero necesito que me digas si estuvimos juntos… ya sabes…—dice con discreción.   —¿En qué cambia que responda eso?—pregunto en voz baja, acercando mi rostro al suyo.   —Cambiaría mucho—comenta inclinándose hacia mí.—Quizás, si me dices los detalles puede que recuerde todo.—murmura mirándome a los ojos.   Lo tengo muy cerca, tanto, que su nariz está casi rozando la mía.   —Bueno, pues, conversamos, bebimos un exquisito vino blanco—comento, bajo su atenta mirada—, también bailamos una romántica canción… luego nos besamos.—le susurro y él sonríe.   —Ajá, y qué más.—me mira los labios.   —Y ya.—me alejo de golpe, y actúo como si nada.   —¿Eso es todo?—dice desconcertado.—¿Luego de los besos no pasó nada más?   —Estabas con sueño.—respondo y me río.   —¿Con sueño? Tiene que ser una broma.—frunce el ceño.   —Lo digo en serio. Fuimos a la habitación, pero te dio sueño y ya.—comento.   —No puede ser.—suelta sin poder creerlo.—Es que, ¿cómo es posible que de repente me diera sueño?   —Pudo haber sido la bebida, estabas ebrio.—digo con indiferencia.—Ahí tienes la respuesta: no pasó nada.   Se concentra en el plato, aún aturdido por mis palabras. Me mira como buscando respuestas, y yo simplemente elevo mis hombros.   —Aún no puedo creerlo.—habla.   —Tampoco es para tanto, no le des tanta importancia.—le sonrío y acaricio su mano por encima de la mesa.   —¿No me habrás drogado?—pregunta con humor, y yo le guiño un ojo. —Bueno, tendremos que repetir la cena, ¿no te parece?   —Puede ser.   En ese instante mis ojos se dirigen hacia la entrada del restaurante, justo cuando un hombre de ojos grises entra acompañado de una mujer unos años más joven que él, aparentemente. Lo inspecciono de pies a cabeza porque algo en él me llama la atención, como si lo conociera de algún lado… Su caminar, su transparencia, esa frescura que desprende al hablar con la mujer o con el mesero que les conversa… ¿De dónde lo conozco? Debe tener 40 y tantos años, pero aún así su apariencia se mantiene joven.   Sigo su recorrido con la mirada, mientas se adentran al lugar, siendo conducidos por el mesero. Cuando están lo suficientemente cerca de nuestra mesa, los ojos de ese hombre se dirigen hacia mí y también me inspecciona con disimulo.   —Por aquí.—les indica el mesero, señalando la mesa frente a la nuestra.   —Gracias.—le dice él.   Su voz. Su acento. Mi mente viaja en el tiempo, retrocediendo varios años.   —Aquí les dejo el menú. Vendré en unos minutos.   —Qué amable, gracias.—escucho la voz de la mujer.   —¿Sucede algo?—habla Gael, apretando mi mano con cuidado, llamando mi atención.   —Eh, sí, disculpa.—le sonrío.—Te escucho.   —Cariño, ¿qué deseas almorzar?—inquiere la mujer en voz baja.   —Tú elije, mi vida. Yo no tengo mucho apetito.—responde él, y se le nota su acento natal: italiano.   —Tengo entendido que pronto debes viajar a Rusia, ¿no?—me pregunta Gael, y me obligo a prestarle atención.   —Ah, sí—carraspeo.—Tengo que… atender varios asuntos. Además, debo darle la bienvenida al príncipe de los Emiratos Árabes Unidos.—comento.   Más allá de que Gael me habla, mis oídos están pendientes de la conversación de la pareja en la mesa vecina. El hombre de ojos grises habla perfectamente inglés, pero dos por tres dice alguna palabra en italiano.   Algo en él me grita «¡Lo conoces, Dasha!» Pero no sé exactamente dónde lo he visto.   Aunque, esos ojos grises… sólo los he visto en una persona.   —…así que si necesitas mi ayuda, puedes contar conmigo.—sigue hablando Gael.   —Voy al baño, no tardo.—me disculpo, dejando la servilleta a un lado.   Me alejo de la mesa inmediatamente, sintiendo que el aire me falta. Me sudan las manos y siento un zumbido en los oídos mientras camino.   Cuando llego al baño cierro la puerta tras mi espalda y me acerco a la canilla. Abro el grifo y mojo mis manos, luego humedezco mi nuca y cuello.   —Inhala, exhala…—susurro, tomando bocanadas de aire y luego las expulso con lentitud.   Los recuerdos invaden mi mente, así que cierro los ojos con fuerza, obligándome a alejarlos.   Me tomo unos minutos para tranquilizarme y, finalmente, salgo del baño más tranquila.   La puerta del costado, proveniente del baño de hombres, se abre y esos ojos grises me observan nuevamente. Trato de actuar con indiferencia, como si se tratara de una persona ordinaria (porque eso es lo que debe ser ese hombre), y me dispongo a avanzar pero él se interpone en mi camino.   —Disculpa mi atrevimiento, pero… siento que te conozco.—habla con calma.   —Se ha confundido, caballero.—lo evado.   —No lo creo. No olvido a quienes fueron importantes en mi vida… y en todos éstos años sólo tuve la oportunidad de conocer a una mujer rusa.—comenta.—Han pasado muchos años, sí, pero siento que tú eres ella.   —Pues, déjeme decirle que esa mujer no soy yo. Se está confundiendo.—repito, con mi habitual seriedad.—Jamás lo he visto.   —Eres de Rusia, ¿no?—pregunta.   —Así es. Pero no soy la única proveniente de ese país que está en Estados Unidos.—inquiero.   —Claro que no, pero… por años busqué a esa chica, y parece que la tierra se la hubiera tratado.—explica.—¿Cómo te llamas?   —Le diría que lamento lo que le pasó con esa chica, pero estaría mintiendo.—reconozco.—Así que, hágase a un lado y déjeme pasar.   Doy un paso hacia el costado, pero él vuelve a taparme el camino.   —¿Puedes decirme tu nombre, por favor?—habla en voz baja.   Aprieto mi mandíbula, tensa. Oír su voz tan cerca hace que mi mente retroceda en el tiempo.   —¿No escuchó? Le dije que no me moleste.—digo entre dientes.   —Sé que parezco un desesperado, pero no imaginas todos los años que busqué a esa mujer. Solamente dime tu nombre.—pide, casi en súplica.   —¡Ay, deje de insistir! Esto es acoso. Y, ¿sabe qué? Se nota que no me conoce, porque si lo hiciera sabría que soy una mujer respetada, y no cualquiera tiene el privilegio de hablar conmigo. Así que, si no quiere que lo denuncie, aléjese y no me moleste.—espeto de mal humor.   —Lo lamento, no querida…   —No me interesa lo que tenga para decir. Ahórrese las excusas estúpidas.—zanjo y me alejo de él con rapidez.   Cuando llego a la mesa, tomo mi cartera de mala gana y Gael me observa con preocupación.   —Dasha, ¿qué sucede?   —Me quiero ir.—le digo.   —¿Te sientes mal? Dime qué pasa.—se pone de pie.   —Me quiero ir, ¿no lo entiendes? —suelto de mala gana. —¿Sabes qué? Me voy sola.   Sin esperar respuesta de su parte, salgo de allí. Choco con algunas personas en el camino, pero no me detengo hasta que llego a la vereda. Suelto una exhalación y contengo las ganas de gritar por la frustración que traigo encima.   ¡Sabía que ese hombre me resultaba conocido! Fue con quién salí teniendo 19 años… él me llevaba más o menos 15 años, pero aún así siempre pareció más joven. De todas maneras, eso duró como dos años. Tampoco era una relación formal, ni siquiera teníamos una relación.   Decido llamar a Boris, y le ordeno que venga de inmediato. No quiero estar ni un segundo más en este lugar.   ¿Por qué tenía que aparecer ese hombre? Se suponía que estaba en Italia. ¿Qué hace aquí? De tantos lugares, países, ciudades… ¿justamente lo vengo a cruzar aquí, en un restaurante estúpido?   —¡Dasha! Espera.—escucho la voz de Gael.—¿Qué fue eso?   —Nada, me quiero ir, eso es todo.—respondo con impaciencia.   —Estabas bien antes de que esa pareja entrara al restaurante.—dice.   Yo lo miro con el ceño fruncido.   —Me di cuenta que los estabas observando.—añade.—¿Los conoces?   —¿Por qué los conocería? No sé quiénes son, y tampoco me importa.—zanjo.—Me duele la cabeza, ¿qué tiene eso de malo?   —Estás alterada.—dice intentando acercarse.—Dime qué sucede. Si te sientes mal, podemos ir al hospital. Y respecto a esas personas de allá…   —Basta, deja de mencionar a esas personas. Te dije que no los conozco.   —Pero yo sí.—su respuesta me toma por sorpresa.   —¿Qué?   —Sé quienes son. Ambos italianos. Él se llama Piero Ricci, y la mujer es su pareja: Fiorella Bianchi.—comenta con calma.—Los conocí hace un par de años en una fiesta donde se recaudaban fondos, en Verona.   «No puede ser» Maldigo internamente. Justo esto me tiene que pasar ahora. Eso significa una sola cosa: problemas.   —No tenía ni la menor idea de que se conocían.—digo.   —Recién los saludé, y nos invitaron a una fiesta hoy en la noche. Fiorella expondrá sus pinturas en una galería de arte, aquí en el centro de la ciudad y luego dará una fiesta en celebración.—me informa.—Me gustaría que fueras conmigo hoy.   —No se si pueda.—miento. Lo que menos quiero es tener que volver a verlo.—Tengo asuntos pendientes.   —Es que quiero que los conozcas. Los dos son excelentes personas, y estoy seguro que te caerán bien. —insiste.—La exposición es a las 8 p.m.   Boris llega justo cuando estoy a punto de negarme.   —Debo irme, pero puedes darle mis saludos a los italianos.—me despido.   —Si cambias de parecer, me hará muy feliz que vayas.—dice él finalmente.   Subo al vehículo y Boris se pone en marcha.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD