ZAYLA De repente, el ambiente de la habitación cambió. Los ojos de Zane se oscurecieron; esa cálida y familiar mirada se transformó en algo ardiente y voraz. Se inclinó hacia mí, con la mano aún acariciándome la mejilla, su pulgar rozando mi labio inferior como si estuviera tanteando hasta dónde le permitiría llegar. Al principio, Ziven no se movió. Tenía la mandíbula tan apretada que podía ver cómo se le tensaban los músculos. Los celos del viaje en coche aún ardían en su mirada, crudos y apenas contenidos. Los dedos de Zane se deslizaron por mi cuello y envolvieron suavemente los moretones que Matteo me había dejado. Justo entonces, el control de Ziven se resquebrajó, solo un instante. —No demasiado —murmuró Zane contra mis labios, con voz baja y tranquilizadora—. Lo suficiente para
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