Un mes después...
Las cortinas se abren y veo a mi madre vestida de blanco con un colgante de perlas super sofisticado. Maia trae el desayuno y unas pastillas para mantenerme despierta. Rebeca sabe cómo caer tan mal, y es obsesiva con eso. La miro de mala gana y sonríe cuando me ve ya con los ojos bien abiertos.
—Ya no quiero que vuelvas a beber así, hija, tu padre tuvo que arrastrarte por toda la maldita casa. —Obvio que me lo dice de mala gana, nada en Rebeca Brown es con humildad y paciencia.
—No es asunto tuyo, mamá, ya sabes que todo esto es difícil superarlo en un mes… —Me senté en la cama mientras Maia me guiñaba el ojo dándome las pastillas. Nuestro trato era cambiarlas por pastillas de fresa, eran similares a las energizantes. Mi madre ha sido obsesiva con los energizantes y la vida saludable.
Tomo las pastillas con el agua y le agradezco a la sirvienta.
—Bueno, sé lo que Dixon era para ti. Tu mejor amigo y chófer, pero siempre me ha dado malas vibras ese chico… —Rebeca miró a Maia con mala cara diciéndole que se fuera. Maia retiró la bandeja dejando el café con leche y las tostadas con queso—. Hija, no quiero excusas el día de hoy. Ni tampoco te comportes como una niña caprichosa.
Se suponía que ese día Dixon se casaba con Melanya en Vancouver, e íbamos a ir a su boda porque simplemente nos había invitado. Excepto mi padre, quién seguía enojado con él por la situación.
Me levanté y vi el vestido rojo que Maia me había dejado a pedido de mi madre.
—No me pondré eso, ya tengo pensado que ponerme —le dije mientras la miraba a ella y al vestido colgado frente a mis ojos—. Así que, no creas que me pondré vestidos de tu estilo porque sabes que no me agradan.
—No seas Drama Queen, Atenea, ya demasiado tengo con tu primo. —Mi madre se levantó y antes de abrir la puerta me sonrío con su sonrisa falsa que tanto odiaba—. Te espero abajo con tu tía Aryan, no tardes, cariño.
Me eché hacía atrás y volví a mirar el vestido.
Odiaba ese color en mi cuerpo, a pesar de que me quedara tan bien.
Me levanté y busqué en mi enorme vestidor algo que dejara a Dixon con la boca abierta. Tan arrepentido de haberme dejado sola, y de haberme dejado por aquella perra artista de Brooklyn. Porque entonces, si la boda iba a ser allá, debíamos viajar aproximadamente dos horas hasta Nueva York en un avión privado de mi padre.
Saqué un vestido, apretado al cuerpo y de color n***o. Tenía un tajo enorme que dejaba al descubierto mi pierna y muslo derecho. Tomé unos guantes de color n***o, y una boina más unos pendientes de color dorado. Unos tacones negros, brillosos. Y cuando me miré al espejo me dije a mi misma: Eres una perra mala, Atenea.
Bajé las escaleras, y fue como si fuese mi noche del baile de graduación. En cuanto mi madre me miró hizo su cara de desprecio, no me aguanta verme de la forma que no quiere. Ya tengo veinte años, no me vestiré como una santa monja.
Cameron silbó apenas me vio, mi tía Aryan sonrió feliz.
—Ugh… ¿Es en serio? —resopló mi madre dándose vuelta y caminando hacía la entrada—. El n***o es muy funeral, Atenea, no vamos a un funeral.
—Sí, vamos a ir un funeral, Rebeca… —dije, contradiciéndola.
Rebeca se dio vuelta sorprendida.
—¿Disculpa?
—Hoy muere mi vieja yo, ¿sabes? Así que córrete del camino, estorbas. —Dije pasando por encima de ella y abriendo la puerta de la entrada—. Ah, y, por cierto, ese vestido de Prada ya pasó de moda hace dos años. Deberías usar algo más nuevo.
Escuché como mi tía Aryan se reía a carcajadas a mis espaldas.
Cameron y yo fuimos en el mismo coche hasta el aeropuerto. Un Audi Q5 que mi padre le había regalado para su cumpleaños. Mientras escuchábamos I Feel Like I’m Drowning de Two Feet su coche, no pude evitar recordar todo lo que había vivido con Dixon.
Cada beso, y cada vez que fallábamos hasta que el cansancio nos dejaba secos.
Apreté mi pierna tratando de no excitarme cuando imaginaba todo eso.
—Te ves inmensamente como una chica mala, Atenea, captarás la vista de todos e incluso de Dixon… —lo miré intrigada pensando en que realmente no lo supiera—. Ese patán se perdió de mucho…
—Espera, ¿Maia te lo dijo?
Levantó sus hombros ligeramente, él y Maia también mantenían una relación secreta detrás del cuarto de lavado. Ambos estaban muy enamorados, pero la madre de Maia no permite que se relacione con nadie de nosotros, excepto conmigo. Con quién sabe que nuestra relación ha sido siempre de amistad y fidelidad.
—No es nada malo, Nea —Cameron solía decirme Nea como forma de cariño, él y Lucian me habían puesto aquel apodo cuando éramos niños. Ellos siempre fueron como mis hermanos mayores—. Así que, tienes tu secreto oculto conmigo, Maia, y por supuesto George. Espero que ese patán se quedé con la boca abierta cuando te vea.
Realmente quería eso, pero de repente no.
Me había vestido como una zorra en busca de atención.
Me sentí avergonzada por un momento.
Llegamos al aeropuerto y vi otro avión privado de mi padre. Me pregunté si él también iría, pero cuando bajé del coche pude ver a Dana y Lucian vestidos también de gala. Corrí con mis zapatos para abrazarlos a ambos y quedaron sorprendidos con mi vestimenta.
—Wow… —dijo Dana con una sonrisa—. Te ves increíble, y tan hermosa.
—Parece que la sangre Brown es demasiado potente… —mencionó Lucian en ese momento, y miró a Cameron quien sonrió por lo bajo—. Nosotros iremos en el otro avión por la seguridad de Rosé. Así que, nos veremos allá en cuanto lleguemos.
Yo tenía que compartir el maldito viaje con mi madre, y soportar dos horas de sus burlas y objeciones. Algo que no quería, por supuesto.
—Iré con ustedes —dije de repente, Cameron se sumó al viaje—. Rebeca me tiene harta con todo esto…
Rosé de repente apareció, había recogido las flores que crecían al costado de la pista de aterrizaje. Me las entregó con una sonrisa y morí de amor por dentro.
—Son para ti, Atenea, eres mi diosa favorita —Dana tocó su hombro y le dijo que ya subiera al avión. Lucian tomó las flores y las colocó suavemente en mi boina.
Quedó como una corona de rosas sobre mi cabeza.
Nos subimos al avión y me acomodé en la ventanilla para poder observar las nubes. Cameron de vez en cuando me mencionaba sobre Dixon, en aquel momento Lucian no sabía del caso, pero era obvio que Dana ya le hubiese dicho.
No me ha juzgado por aquello, sin embargo, era como un hermano mayor para mí. Me tocó la mano para que me relaje, en aquel momento no me di cuenta de lo importante que ellos eran en mi vida. Dana me sonrió igualmente y ofreció apoyo.
No estaría sola para enfrentarlo todo.
Cerré mis ojos y dejé que los rayos de luz me dieran una cálida bienvenida.