Armin ya nos esperaba abajo con algunos papeles. Se lo veía espléndido bajo el caluroso sol de ese verano en Vancouver. Me saludó con una sonrisa apagada, la madre de Maia estaba más que feliz que mi padre nos hubiera dado la oportunidad de irnos a Nueva York a estudiar y trabajar de lo que tanto queríamos.
Armé mi pequeño bolso y vestí de lo mejor, mi madre seguía enojada con mi padre sobre no decirle lo de mi idea de irme de la casa. Le había dicho que no podía mantenerme ni en pie cuando tomaba, que era irresponsable, y desde que se había ido Dixon todo había sido un caos. Apenas había pasado una semana desde que él se había casado.
Era una buena excusa para comenzar a olvidarlo completamente.
Él como Maia sabían que mi sueño era simplemente seguir lo que deseaba.
—Mi padre ya debe estar por venir, supongo que se habrá tardado por algunos asuntos de su empleo y…
—El señor Brown no nos acompañará en el día de hoy. Nos reuniremos con Daniela en Nueva York, es la chica de las propiedades. Ella nos llevará a ver los departamentos para usted, y luego me ha pedido que las lleve a comer y de compras. —Armin lo dijo todo tan rápido que tardé en procesar que mi padre no iría ese día.
Siempre sus asuntos del trabajo eran más importantes que yo.
—Oh, bueno… La pasaremos bien de todas formas, amiga —Maia me tomó de la mano bastante alegre de que no fuese mi padre. Ella vestía de un vestido floral muy de su estilo. Se veía muy distinta a otros días. Cameron no había estado para verlo.
Asentí sin nada que decir y procedimos a subirnos al coche.
Cuando estaba por subir vi a Rebeca en la ventana mirándome. Con desprecio, se dio la vuelta y la cortina blanca cayó detrás de ella. Cerré la puerta del coche, Maia se había sentado a mi lado ya que en el asiento acompañante Armin llevaba un maletín. Supuse que era dinero de mi padre o papeles de los lugares que íbamos a visitar.
Después de tanto silencio, comenzamos a salir del bosque a las afueras de Vancouver para adentrarnos a la ciudad. Rumbo al aeropuerto, donde nos encontraríamos con Billie —la secretaria de mi padre— y nos iba a acompañar hasta el aeropuerto de Nueva York para asegurarse de que lleguemos bien.
Maia no dejaba de parlotear sobre el departamento en el que viviríamos.
—Mmm, entonces, ¿prefieres rústico o elegante? He visto Friends, y me gustaría algo de ese estilo. Muy Brooklyn, ya sabes, como en las series de televisión… —noté que Armin sonrió cuando Maia mencionó eso—. ¡O mejor aún! Podríamos tener un gato, como Chester, ¿recuerdas a Chester, Atenea? ¿Recuerdas cuando te asustó mientras dormías?
Armin se echó a reír y se me subieron los humos a la cabeza.
—¿De qué tanto te ríes tú? ¿Mi padre te paga por reírte? —dije furiosa, Maia me codeó y me dijo que fuese más amable. En todo el viaje Armin no había dicho nada más que tararear las canciones de la radio.
—No, señorita, ojalá me pagara por reírme de su cara —respondió, me fue inesperado y Maia levantó las cejas riéndose a carcajadas—. Y por cierto, me fue gracioso porque me ha pasado algo similar de niño. No me reía tanto de usted, señorita Atenea.
Me enfurecí aún más.
—Pues no escuches, niño, no te metas en algo que no te incumbe. Y me importa un comino si tuviste un gato de niño. No te pregunté, ¿entiendes?
—Oye, oye, bájale, hermana. Armin fue buena onda, ¿sabes? —Maia lo defendió en ese momento y me crucé de brazos muy furiosa por ello. Ninguno de los empleados de mi padre había hecho algo así. Jamás de los jamases.
Armin le sonrió a Maia, por un momento pensé en el coqueteo que le estaba haciendo.
—No tienes por qué defenderme de niñas caprichosas, señorita, puedo defenderme perfectamente solo. Y no vale la pena pelear por un rasguño de gato, ¿no es así, señorita Atenea? —me dirigió la mirada a través del retrovisor.
Qué vergüenza sentí en ese maldito momento.
—Ay, Dios, qué gracioso eres. Pero tienes un raro acento, ¿eres alemán o algo así? —preguntó Maia luego de tanto escándalo.
—Sí, mi madre es de Berlín. Aunque se crío en el sur de Alemania con mis abuelos paternos. Mi padre falleció hace algunos años, no tenía mucha relación con él… —contestó algo triste, Maia le volvió a preguntar sobre su familia—. Vivo con mi hermana y mi madre en el bajo Vancouver, pero te juro que no robamos. Mi madre es enfermera en el hospital público, está de pasantía. Y mi hermana estudia Finanzas en la universidad.
Maia le tocó el hombro dándole las disculpas por haber preguntado aquello.
—Lamento lo sucedido, pero veo que ahora estás mejor. ¿Y tu piel es así?
—No… —se río bastante ante eso, justo se detuvo en un semáforo y se dio la vuelta a dirigirnos la palabra—. Me fui a España con mi hermana para visitar unos tíos lejanos. Trabajé casi dos años para poder pagar ese viaje, me he bronceado. Así que no soy así naturalmente.
—Te queda precioso, créeme. —Respondió Maia con una sonrisa coqueta.
Armin me miró y yo le esquivé la mirada, aún cruzada de brazos.
Volvió a acomodarse y seguir el rumbo, cuando llegamos al aeropuerto me adelanté al bajar y dirigirme al avión dejando a Maia atrás. Saludé a Billie con un beso y me subí rápidamente. Allí, cuando vi la botella de champagne rosado, no dudé en servirme una copa. Le di un trago y me senté del lado izquierdo como siempre.
Armin y Maia subieron, Billie por detrás les comentaba que había visto varios departamentos preciosos en la Gran Manzana. Pero que Daniela era experta en todo eso y ella nos iba a orientar mejor en Nueva York.
Nuevamente Maia y Armin hablaron de algunos intereses y gustos. Resultaba que Armin había compartido la escuela con Maia, aunque Armin era cinco años mayor que nosotras.
Parecía muy buena gente, pero algo tenía escondido.
No me iba a dar el tiempo ni tomar la molestia de descubrirlo.
Aún mi corazón seguía latiendo a fuego lento.