Me había quedado mirándole como una tonta. —Deberías estar en casa. —¿Y perderme toda la diversión? No soy tonto, Atenea —respondió en seco. Se quitó la camisa y los pantalones de vestir hasta que quedó solamente en boxers. Se tiró de cabeza al agua y me salpicó sin piedad. Nadó rápido hacía mí y sacó su cabeza justamente entre mis piernas. El agua recorría cada extremidad de su cuerpo, tan mojado y sexy que sentí un inmenso calor recorrer mi cuerpo. Armin sabía como provocarme, y eso era lo que más odiaba y amaba al mismo tiempo de él. Una de sus manos apretó mi muslo izquierdo, y el otro el derecho. Repasó sus labios, succionando lentamente, subiendo de a poco. Solté un suspiro cuando comencé a sentir que me estaba excitando. —Ya para, Armin —dije en modo de súplica—, por favor

